La trilogía de Nueva York, de Paul Auster

 

Querida A.,

¿Cuántas casualidades se dan cada día, cada hora, cada minuto, cada instante para que nuestras vidas sigan los cauces que siguen? ¿Cuántas miradas, enfados, saludos, besos, encuentros, olvidos, enamoramientos, paseos, trabajos, lluvias, decisiones, aficiones tuvieron que concurrir en millones de personas para que tú y yo nos conociéramos en Secretaría Académica? Soy incapaz de creer en un destino escrito y preestablecido por un Dios caprichoso, pero también te reconozco que me provoca vértigo pensar en que nuestra historia -la tuya y la mía- es el resultado de la historia de todo el mundo, que no somos más que la consecuencia de mil movimientos aleatorios que se alinean en una danza perpetua hasta desembocar en la sonrisa que me regalaste el día que nos conocimos.

A Paul Auster, en cambio, le apasiona pensar que todo -también lo que hoy se ha convertido en lo más importante, lo más nuclear de nuestras vidas- podría muy fácilmente no haber sucedido si no se hubiesen dado millones de hechos, muchos de los cuales incluso ignoramos. Todas sus novelas están llenas de estas casualidades, de este azar que marca el camino de sus desorientados personajes. El otro día tuve la oportunidad de conocerlo en una rueda de prensa que dio en Barcelona y, respondiendo a preguntas de periodistas, hubo un momento en que miró a todos los que estábamos en la sala y dijo que el hecho de que estuviéramos todos reunidos allí fue porque un día todos nuestros padres se conocieron y otro día -o no- hicieron el amor. Nuestra historia no empieza cuando nacemos, empieza cuando nuestros padres se conocieron. Yo en ese momento pensé que si llevas este argumento al extremo nuestra historia empieza en realidad en los orígenes del tiempo, pero estas reflexiones siempre me agotan, me provocan vértigo, y en seguida renuncio a ellas.

La obra que hizo alcanzar la fama internacional a Paul Auster fue la Trilogía de Nueva York, un libro que reúne tres cortas novelas policíacas que Auster publicó entre 1985 y 1986. Querida A., que el título de esta recopilación no te engañe, el escenario de la Gran Manzana no es lo único que comparten las tres novelas. Aunque, sin duda, Nueva York adquiere una importancia capital, como si fuera un personaje más de la historia, una ciudad mágica, infinita y eterna:

Nueva York era un espacio inagotable, un laberinto de interminables pasos, y por muy lejos que fuera, por muy bien que llegase a conocer sus barrios y calles, siempre le dejaba la sensación de estar perdido. Perdido no sólo en la ciudad, sino también dentro de sí mismo. Cada vez que daba un paseo se sentía como si se dejara a sí mismo atrás, y entregándose al movimiento de las calles, reduciéndose a un ojo que ve, lograba escapar de la obligación de pensar.

Las novelas que componen la trilogía de Nueva York son estas:

 

Ciudad de cristal

“Todo empezó por un número equivocado, el teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz al otro lado preguntó por alguien que no era él. Mucho más tarde, cuando pudo pensar en las cosas que le sucedieron, llegaría a la conclusión de que nada era real excepto el azar. Pero eso fue mucho más tarde. Al principio, no había más que el suceso y sus consecuencias. Si hubiera podido ser diferente o si todo estaba predeterminado desde que la primera palabra salió de la boca del desconocido, no es la cuestión. La cuestión es la historia misma, y si significa algo o no significa nada no es la historia quien ha de decirlo.”

La primera novela, y quizás la más célebre de las tres (recientemente Nórdica Libros ha publicado una edición gráfica de la historia), es Ciudad de cristal. En ella conocemos a Daniel Quinn, un escritor de novelas de misterio que, tras la muerte de su esposa y su hijo, lleva una vida solitaria y solo sigue escribiendo “porque era lo único que se sentía capaz de hacer“. Sin embargo, una noche su monotonía se ve interrumpida cuando suena el teléfono y una voz desesperada pregunta por el detective Paul Auster. Quinn le responde amablemente que se ha equivocado de número y cuelga. Pero cuando esta llamada se repite y la voz se vuelve insistente Quinn decide hacerse pasar por este tal Paul Auster y queda con el desconocido. Este resulta llamarse Peter Stillman, un hombre atormentado que asegura que necesita su protección porque el responsable de su traumática infancia quiere asesinarlo.

A medida que avanza la narración Quinn se va implicando más y más en el caso, lo deja todo para encontrar y seguir los pasos de su objetivo y cada vez se identifica más en este detective privado desconocido llamado Paul Auster:

Mientras deambulaba por la estación, se recordó quién se suponía que era. Había empezado a notar que el efecto de ser Paul Auster no era del todo desagradable. Aunque seguía teniendo el mismo cuerpo, la misma mente, los mismos pensamientos, se sentía como si de alguna manera le hubieran sacado de sí mismo, como si ya no tuviera que soportar el peso de su propia consciencia. Gracias a un sencillo truco de la inteligencia, un hábil cambio de nombre, se sentía incomparablemente más ligero y más libre. Al mismo tiempo, sabía que todo era una ilusión. Pero había cierto consuelo en eso. No se había perdido realmente; sólo estaba fingiendo, y podía volver a ser Quinn cuando quisiera. El hecho de que ahora hubiese un propósito en ser Paul Auster -un propósito que cada vez era más importante para él- le servía como una especie de justificación moral para la farsa y le absolvía de tener que defender su mentira. Porque creerse Auster se había convertido en su mente en sinónimo de hacer el bien en el mundo.”

Lo que me sorprendió más de esta primera novela es que Paul Auster, juntamente con su esposa y su hijo, se introduce como personaje en la historia. Toda la narración está impregnada de esta libertad narrativa, cada página es sorprendente, cada giro es inesperado, vas siguiendo los pasos del desorientado protagonista por la ciudad, contemplando su evolución y su creciente obsesión en el caso.

¿Esta es la ciudad en la que vives tú, A.? ¿Vives en este laberinto lleno de gente sin rostro, de almas perdidas, de vidas cruzadas, de casualidades fugaces? Te imagino caminando deprisa por la quinta avenida, te imagino chocando en una esquina con un señor desconocido en gabardina, tirándole todo el café por encima, imagino la sonrisa enigmática y seductora del desconocido, imagino esta escena típica de Hollywood como el principio de una gran historia. Historias como esta invitan a pensar en este tipo de azar.

“Por raro que parezca, nadie se fijó nunca en Quinn. Era como si se hubiera fundido con las paredes de la ciudad”.

Fantasmas

“En primer lugar está Azul. Más tarde viene Blanco, y luego Negro, y antes del principio está Castaño. Castaño le inició, Castaño le enseñó el oficio, y cuando Castaño envejeció, Azul le sustituyó. Así es como empieza. El escenario es Nueva York, la época es el presente, y ninguno de los dos cambiará nunca. Azul va a su oficina todos los días y se siente detrás de su mesa, esperando que ocurra algo. Durante mucho tiempo no ocurre nada, y luego un hombre que se llama Blanco entra por la puerta, y así es como empieza”.

La segunda novela que compone la trilogía de Nueva York es la más diferente y corta de las tres. Todos los personajes adoptan nombres de colores. Así, el protagonista es Azul, un detective privado que fue iniciado por Castaño, ya jubilado. Un día, Blanco, un hombre visiblemente disfrazado para ocultar su identidad, le encarga un caso. Azul deberá seguir a un hombre que se llama Negro, vigilarlo cuando esté en su casa desde un piso que se le facilitará en frente y dejar semanalmente y en un apartado de correos específico un informe detallado de lo que haya visto.

Al igual que Quinn, de Ciudad de cristal, al principio parece un caso fácil, pero a medida que avanza Azul va dejando su vida atrás y se va implicando más y más en la figura de Negro, que aparentemente no hace nunca fuera de lo normal y ordinario. Pero Azul lo observa desde lejos, mide todos sus pasos, se apunta todos los detalles, anhela adivinar sus movimientos y sus pensamientos, conocerlo más que a sí mismo.

El hecho de que todos los personajes lleven nombres de colores hace que el relato sea más impersonal   que los demás, con nombres propios. Sin embargo, y pese a que encontré sumamente original este planteamiento inicial, al final me pareció que la historia descarrilaba y los personajes se volvieron poco creíbles, siendo Fantasmas la que menos me ha gustado de las tres.

La habitación cerrada

“Ahora me parece que Fanshawe siempre estuvo allí. Él es el lugar donde todo empieza para mí, y sin él apenas sabría quien soy. Nos conocimos antes de que supiéramos hablar, bebés con pañales gateando por la hierba, y antes de cumplir los siete años ya nos habíamos pinchado los dedos con un alfiler y nos habíamos hecho hermanos de sangre para toda la vida. Siempre que pienso en mi infancia ahora, veo a Fanshawe. Él era quien estaba conmigo quien compartía mis pensamientos, a quien veía cada vez que apartaba la vista de mí mismo.”

La última novela de la trilogía de Nueva York empieza cuando el protagonista (a quien no se le da nombre) recibe una carta de Sophie Fanshawe, la esposa del que fue su mejor amigo e ídolo en la infancia y al que hace años que no había visto. En esta carta Sophie le explica que han pasado seis meses desde que lo vio por última vez y que todos los indicios apuntan a que ha muerto. Cuando se reúnen, Sophie le explica que, antes de desaparecer, Fanshawe le dijo que si le pasaba algo quería que le diera todos sus manuscritos al protagonista. Si este juzgaba que valía la pena que fueran publicados, que lo publicase, sino deberían ser destruidos. El narrador acepta este encargo y, con él, la vida en la que siempre había soñado, una vida con Sophie y su bebé de seis meses, la vida de Fanshawe. Sin embargo, la obsesión del protagonista por resolver la misteriosa desaparición de su amigo pondrá en peligro esta vida de ensueño.

De las tres novelas, esta es mi favorita. En mi opinión La habitación cerrada deja la parte más experimental que tiene mucha relevancia en las dos anteriores y se centra más en la parte narrativa. La joya de la corona de este relato es el personaje de Fanshawe, cuya ausencia en la historia lo convierte en una especie de gran Gatsby, un misterio en boca de todos y admirado por todos los presentes:

“El propio Fanshawe no era consciente de ese poder, y sin duda ésa era la razón de que continuara teniéndolo. Era indiferente a la atención que recibía, se ocupaba de sus asuntos tranquilamente, sin utilizar nunca su influencia para manipular a los demás. No hacía las travesuras que hacíamos nosotros; no jugaba malas pasadas; no tenía problemas con los profesores. Pero nadie se lo tenía en cuenta. Fanshawe estaba al margen de todo esto, y sin embargo era él quien nos mantenía unidos, era a él a quien acudíamos para que arbitrara nuestras disputas, porque podíamos contar con que sería justo y resolvería nuestras pequeñas peleas. Había algo tan atractivo en él que siempre deseabas estar a su lado, como si pudieras vivir dentro de su esfera y ser tocado por su personalidad. Él estaba disponible, y al mismo tiempo era inaccesible. Sentías que había un núcleo secreto en su interior en el que nunca podrías penetrar, un misterioso centro oculto. Imitarle era participar de alguna manera en aquel misterio, pero también comprender que nunca podrías conocerle realmente.”

Este personaje tan atractivo y tan hipnótico hace que tú también te obsesiones por encontrarlo, por querer verlo y tocarlo a través de las letras del libro. El final de La habitación cerrada hace visible ciertas conexiones entre los personajes de las tres novelas y cobra sentido que Anagrama las haya publicado en un solo volumen. Las tres historias, aun independientes, se complementan y juntas constituyen una sola historia.

Muy a menudo la trilogía de Nueva York es descrita como una trilogía de thriller. No sé si estoy del todo de acuerdo con esta descripción. Ninguna de las tres historias resuelven ningún misterio. El misterio está allí, es quizás como el secreto interior de Fanshawe. Sabes que está allí, pero también sabes que nunca lo vas a descifrar, que el movimiento constante de la gente y de las calles de Nueva York te lo arrebatarán de la mano cuando estés a punto de alcanzarlo. Es como la maleta misteriosa de Pulp Fiction (obra maestra, por cierto); es el elemento que mueve a los personajes, que los obsesiona, que los une y los enfrenta, pero no es realmente el objetivo de la historia en sí. El núcleo de la historia son estos personajes perdidos y desorientados que se creen que buscan resolver el misterio pero en realidad se están buscando a sí mismos, están buscando desesperadamente su identidad en una ciudad que los engulle poco a poco. Y es que la identidad es un tema principal en estas tres historias. Sus protagonistas se preguntan constantemente quienes son, se agarran desesperadamente a las casualidades para huir desesperadamente de su destino: ser engullidos por Nueva York o por otra persona antes de descubrir su verdadera identidad. ¿Son héroes o perdedores? ¿Son los perseguidores o los perseguidos? Esto deberás decidirlo tú, A., cuando leas este libro.

Atentamente,

 

 

P.S. Mientras leía este libro me sentía más cerca de ti. ¿Quién eres tú en Nueva York? ¿Te pierdes habitualmente por sus calles? ¿Te dejas llevar por sus gentes? ¿Buscas algo o a alguien entre sus rascacielos sólidos y grises? ¿Quién eres tú en Nueva York, A.?

 

| FICHA DEL LIBRO |
Título: La trilogía de Nueva York.
Autor: Paul Auster.
Editorial: Anagrama.
ISBN: 9788433906991.
Páginas: 335

TE GUSTARÁ SI TE GUSTÓ: El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger. Canadá, de Richard Ford. Gegants de gel, de Joan Benesiu.
OTROS LIBROS DEL AUTOR EN TROTALIBROS: La música del azar. Brooklyn Follies.

 

9 comentarios sobre “La trilogía de Nueva York, de Paul Auster

  1. Hola 🙂
    Tu super post me hizo aumentar mis ganas de leer a este autor, lo tengo desde hace mucho en el debe pero no sé con qué empezar, tal vez estos libros sean un buen comienzo 🙂

    Muchas gracias por tu recomendación, como siempre genial 🙂

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  2. No puedo con Auster. Este fue el título que me llevó a romper definitivamente con él; creo que solo fui capaz de leer las dos primeras historias, en la tercera tiré la toalla y me quedó claro que es un autor que se aleja demasiado de mí y de mis gustos.

    Una abraçada.

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