Luz de agosto, de William Faulkner

Querida A.,

Hoy te hablaré de un libro que leí en agosto, cuando las toallas y los cuerpos emblanquecidos por la crema del sol tapaban la arena de las playas, cuando el sol quemaba sin piedad enlenteciendo todos los movimientos. Se trata de Luz de agosto, de William Faulkner. Como el verano del año pasado leí El ruido y la furia y me gustó tanto, he decidido volver a él en este tórrido verano. Sí, he necesitado más de un mes para digerir esta novela y para poder hablar de ella. Después de unas cuantas lecturas anodinas seguidas, la luz de agosto de Faulkner me alumbró desde la primera página, y no pude dejar de leer, como cuando uno se queda hipnotizado observando la lenguas pálidas de un fuego.

¿Cómo se puede explicar con palabras esta emoción que sientes cuando caes rendido ante el hechizo de una historia? ¿Cómo transmitir lo que sientes cuando entras totalmente en sus personajes, en sus pensamientos, desconectando totalmente de todo lo que te rodea? Supongo que solo los lectores que hayan sentido algo así podrán acordarse de esta emoción tan intensa, tan fuerte, tan deliciosa:

“Cuando el muchacho se metió en la cama aquella noche, estaba decidido a huir. Se sentía como un águila, duro, suficiente, poderoso, sin remordimientos y lleno de vigor. Pero aquello no duró mucho, aunque ignoraba entonces que, para él como para el águila, su propia carne y el espacio entero nunca serían más que una jaula”.

Luz de agosto contiene dos historias que se entrecruzan constantemente. La primera es la de Lena Grove, una chica joven, inocente y valiente, que deja su hogar atrás en busca de Lucas Burch, el hombre “joven y lleno de entusiasmo” que la dejó embarazada y después la abandonó prometiéndole que volvería a por ella. Lena cada vez está más cerca de Jefferson (en el ficticio condado de Yoknapatawpha), donde encontramos la segunda historia, cuyo protagonista, Joe Christmas, un hombre mitad blanco y mitad negro, se halla en busca y captura, acusado por su socio, Joe Brown, del asesinato de su amante, Joana Burden, una mujer antiesclavista que murió en un incendio.

No sé cómo transmitirte lo mucho que me ha gustado esta novela, A. En mi opinión lo mejor de todo es la forma de narrar de Faulkner, que abandona las formas para sumergirse en el universo de sus personajes, narrando en muchas ocasiones los hechos a través de los rumores y las voces de testigos y vecinos sin rostro, con la consecuente incertidumbre y ambigüedad de no saber si fue realmente eso lo que sucedió. Teniendo en cuenta la increíble complejidad de su estructura, parece mentira que William Faulkner escribiera esta novela en tan solo seis meses (entre agosto de 1931 y febrero de 1932), aplicando tan solo unas pocas enmiendas al escrito original. La prosa de Faulkner te desgarra.

Pero otra cosa que me enamoró de la historia, sus personajes y su autor fue la atmósfera que consigue crear desde la primera línea de la novela. Es imposible no imaginarse Jefferson como un pueblo árido, rural y sureño de casas de madera, lleno de polvo y porquería, con sus vagabundos ruidosos, con sus habitantes sucios, racistas, hoscos y rudos, que “siempre habían preferido la muerte a la paz”, que se emborrachan y se pelean por cualquier cosa:

“Ni unos ni otros podían reconocerse. Habían olvidado por completo a la muchacha, habían olvidado por qué peleaban, suponiendo que lo hubiesen sabido alguna vez. Por parte de los otros cuatro, habían sido como un reflejo puramente automático. El impulso espontáneo que impulsa al macho a luchar con o por la que tiene o a quien va a fornicar. Pero ninguno de ellos sabía por qué había peleado. No habrían podido decirlo.”

Si Luz de agosto tiene un protagonista este es Joe Christmas, un solitario y huraño mestizo despreciado por todo el mundo por sus raíces. Joe, que está “condenado para siempre a ocultarles algo a las mujeres que vivían junto a él”. Joe, que teme más al amor que a la violencia, pues no ha conocido otra cosa:

“No era el trabajo duro lo que él odiaba; no eran tampoco los castigos ni la injusticia. Ya estaba acostumbrado a ello, incluso antes de conocer a sus padres adoptivos. No esperaba menos y, por consiguiente, no se sentía ni ultrajado ni sorprendido. Era la mujer: aquella tierna bondad de la cual se creía condenado a ser siempre la víctima y a la que odiaba más que a la justicia dura e inflexible de los hombres”

 

Christmas busca como un animal atrapado, desesperado y agresivo su propia identidad, su lugar en el mundo, luchando y resignándose a la vez:

“Pero algo le retenía, porque un fatalista siempre puede ser retenido: por curiosidad, por pesimismo o por simple inercia. Mientras tanto su relación continuaba, hundiéndole cada vez más, imperiosa bajo la agotadora furia de las noches.”

A la oscuridad que rodea al personaje de Joe Christmas se contrapone la luz de Lena, que abre y cierra esta historia. Pero no solo conoceremos a estos dos personajes a lo largo de la novela: también está el aislado reverendo Hightower, el pusilánime Lucas Burch, el enamorado y bondadoso Byron Bunch, la desesperada Joana Burden o el racista Percy Grimm.

Toda la historia se desarrolla en tres semanas, pero Faulkner no necesita más para retratar a la perfección la sociedad sureña de los Estados Unidos de inicios del siglo XX y concretamente el racismo, la segregación racial, el fanatismo religioso y la falta de solidaridad que imperaba en todas las mentes. Una sociedad árida, desolada, cruel y sórdida en la que todo el mundo tiene “el aire de las personas que acababan de descender del tren y que mañana ya se habían ido, de las personas que no tienen dirección”, una sociedad sin remordimientos, pues, tal y como señala Faulkner, “una de las más felices facultades de la mente humana es la de poder ignorar lo que la consciencia se niega a asimilar”. Si ser negro suponía una especie de maldición que te condenaba a ser un desdichado de por vida, ser mestizo te condenaba además a la soledad perpetua, pues no eras aceptado ni por los blancos, ni por los negros.

Escribiéndote esta carta comprendo que aún no he superado esta historia, que no he conseguido dejarla atrás, que aún llevo polvo, sangre y quemaduras en mis manos, que aún no me he quitado de la cabeza la bondad de Lena, el amor de Byron, la ruindad de Lucas o la ira de Christmas, a quien en ningún momento conseguí odiar.

Siempre tuyo,

 

 

P.S. El bien (Lena) y el mal (Joe) están muy presentes en esta novela. Hay un momento en el que Byron, conversando con el reverendo Hightower, le dice: “Recuerdo que una vez le dije que hay que pagar el mismo precio por ser bueno que por ser malo, que hay que pagar lo que cuesta. Y son los buenos los que no pueden rechazar la cuenta cuando se la presentan. Por la sencilla razón de que les pueden obligar a pagarla. Es como un hombre honrado que juega. Los malos, en cambio, pueden rechazar las cuentas. Porque nadie espera que vayan a pagarla, ni en el acto, ni nunca. Pero los buenos no pueden hacer eso. Es posible que se tarde más tiempo en pagar por ser bueno que por ser malo. Y esto no es como si ya lo hubiera hecho usted, como si usted hubiera pagado ya alguna vez una cuenta de esta clase”. ¿Cuál es la luz de agosto? ¿El incendio que dio muerte a Joana o la vida que crece en el interior de Lena? ¿El amor oscuro entre Joana y Joe o el amor luminoso de Byron a Joana? ¿El bien o el mal? ¿Cuál es la luz de agosto, A.?

 

FICHA DEL LIBRO
Título: Luz de agosto.
Autor: William Faulkner.
Traducción: Enrique Sordo.
Título original: Light in August.
Editorial: Debolsillo.
ISBN: 9788490628171.
Precio: 9,95€

TE GUSTARÁ SI TE GUSTÓ
Hijo de Dios, de Cormac McCarthy.
De hombres y ratones, de John Steinbeck.
El ferrocarril subterráneo, de Colson Whitehead.

OTROS LIBROS DEL AUTOR EN TROTALIBROS
El ruido y la furia.

4 comentarios sobre “Luz de agosto, de William Faulkner

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