El proceso, de Franz Kafka

Querida A.,

Últimamente he estado angustiado. La primera en notarlo fue mi madre, como no podía ser de otra manera. Fue el fin de semana pasado, cuando fui a comer con ella. Después de unos segundos observándome con aquella mirada perspicaz suya que tú tanto conoces, me preguntó qué me pasaba, que me veía incómodo, apagado, abatido, desalentado, sin energía. ¿Qué es lo que comes? ¿Es el trabajo? ¿Quién te preocupa? ¿Quién te consume? Y mientras me soltaba esta batería de preguntas yo no podía dejar de pensar en la verdadera razón de mi padecimiento, el agujero negro que me absorbía toda mi energía: el proceso.

Desde que en el primer curso del Grado en Derecho el profesor de Filosofía del Derecho nos recomendó El proceso, me moría de ganas de leer esta obra inacabada de Franz Kafka. Sin embargo, no ha sido hasta siete años más tarde que he encontrado la fuerza suficiente como para enfrentarme a esta exigente lectura.

“Alguien debía de haber calumniado a Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana”.

Un día Josef K., cuando apenas se ha despertado, es sorprendido por dos hombres vestidos de negro que le hacen saber que se ha iniciado un procedimiento contra él y, consecuentemente, se encuentra detenido. Así se inicia el proceso, instruido por jueces  que nadie nunca ve, de acuerdo con leyes inaccesibles y en el seno de una jurisdicción tan especial que nadie la conoce. Por mucho que K. intenta desesperadamente saber quién le acusa y de qué crimen, en qué fase está su proceso, lo único que consigue es empeorar su situación en este proceso incomprensible e incongruente, que cada día, ineludible, interminable, impenetrable, sigue adelante, abarcando cada día más parte de su vida. A medida que el proceso se va conociendo, K. se convierte en un ser proscrito y marginado.

Esta sátira jurídica invierte todos los principios fundamentales que rigen nuestro derecho: el principio de garantía jurisdiccional, el principio de prohibición de indefensión, el principio de celeridad procesal, la presunción de inocencia, el principio de garantías del acusado, el derecho a saber de qué se te acusa… K. queda atrapado en un proceso al que todo el mundo parece encontrar lógico y coherente menos él.

“Todo aquello era lamentable, pero no carecía por completo de justificación; K. no debía olvidar que el procedimiento no era público, podía serlo si el tribunal lo estimaba necesario, pero la Ley no prescribía ese carácter. Como consecuencia, tampoco los escritos del tribunal, sobre todo el de acusación, eran accesibles al acusado y a su defensa, por lo que, en general, no se sabía, o por lo menos exactamente, contra qué había que dirigir ese primer escrito, y por ello, en realidad, solo casualmente podía contener algo que fuera de importancia para el asunto. Escritos realmente eficaces y probatorios solo se podían preparar más tarde, cuando, en el curso de los interrogatorios del acusado, se destacaban más claramente o podían adivinarse los distintos cargos y su fundamento. En esas condiciones, la defensa se encuentra naturalmente en una situación muy desfavorable y difícil. Pero también eso es intencionado. La verdad es que la Ley no autoriza realmente la defensa, sino solo la tolera, e incluso se discute si hay que interpretar el pasaje pertinente de la Ley siquiera como tolerancia.”

A lo largo del proceso, van apareciendo nuevos personajes que aparecen como potenciales aliados de K, como su tío, que llega a la ciudad para socorrer a su sobrino, o el enfermo abogado Huld, experto en la jurisdicción difusa que instruye el procedimiento contra K., o su mujer, Leni, que siente una fuerte atracción por todos los acusados, o el fabricante, un ser consumido por su proceso, o el pintor Titorelli, cuya influencia puede conseguir que el proceso se aplace indefinidamente, aunque en ningún caso puede obtener una absolución. Y es que nadie conoce ningún caso en el que este sistema judicial absurdamente corrupto y burocrático haya otorgado la absolución a nadie, pues la absolución es competencia de los altos tribunales, cuya existencia es incierta.

“La sentencia no se pronuncia de una vez, el procedimiento se va convirtiendo lentamente en sentencia.”

En esta novela clave del siglo XX, Kafka potencia la angustia del solitario protagonista con la ausencia de puntos y aparte, con una narración que estresa, que ahoga, que asfixia como la misma pesadilla de proceso que narra. A las puertas de la muerte Kafka quiso quemar esta obra, pero gracias a su amigo Max Brod, que no solo no cumplió este deseo sino que la publicó, podemos leer hoy esta obra maestra de la literatura.

La edición que he leído y que te envío con esta carta incluye seis fragmentos inacabados y finalmente no integrados en la novela que me permitieron conocer a nuevos personajes, como el Fiscal o la madre ciega de K. No te puedes perder esta lectura, A.

Atentamente,

Jan Arimany.

P.S. No puedo acabar esta carta sin hacer mención de la increíble frase que cierra esta distopía, un grito desesperado de humanidad cuyo eco sigue resonando en mi cabeza mientras te escribo estas palabras. 

*

9788497592819Título: El proceso.

Título originalDer Prozess.

Autor: Franz Kafka.

Traductor: Miguel Sáenz.

Editorial: Debolsillo.

Páginas: 257.

Precio: 9,95€

ISBN: 9788490321423.

Valoración: 9/10.

 

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2 comentarios sobre “El proceso, de Franz Kafka

  1. Me sap greu, però no qued convençuda; la Metamorfosi no em va emocionar i just he llegit 1984 i…res, la distopia ha estat bé, però és tot massa filosòfic per a mi.

    Salutacions,
    Laura.

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