Noches blancas, de Fiódor Dostoievski

Querida A.,

En la última carta te comentaba que para este 2018 me proponía leer gran parte de la obra de Fiódor Dostoievski. Hasta hace poco todo lo que había leído de literatura rusa se reducía a una pequeña novela de Iván Turgeniév. Siempre le he tenido mucho respeto a la literatura rusa, los rostros serios y gélidos de grandes hombres como Tólstoi o el mismo Dostoievski siempre acababan por echarme atrás. Sin embargo, como te decía, he decidido poner fin a esto. Y resulta que hoy la casualidad ha querido que cayera en mis manos una bonita edición ilustrada de Nórdica de un relato de Dostoievski: Noches blancas. Me la he leído a lo largo del día -apenas pasa de las cien páginas-. Te estoy escribiendo esta carta ya de noche, antes de ir a dormir.

Este cuento te traslada a San Petersburgo. De hecho, las calles, las avenidas y las plazas de esta ciudad son casi un personaje más de la historia, retratada por las bonitas y difusas ilustraciones de Nicolai Troshinsky. Durante una noche blanca -que se da en San Petersburgo durante el solsticio de verano- el protagonista, un joven solitario, tímido e inseguro, conoce a una hermosa y triste muchacha, Nástenka, con quien se verá las tres noches siguientes.

“Ahora, querida Nástenka, cuando nos hemos vuelto a encontrar después de tan larga separación -puesto que hace mucho que la conozco, Nástenka, hace mucho que buscaba a alguien, y esto es una señal de que la buscaba precisamente a usted y de que estábamos destinados a encontrarnos-, en mi cabeza se han abierto miles de válculas y tengo que verter ríos de palabras o me ahogaré.”

Durante la segunda noche conoceremos la historia tanto del introvertido y soñador protagonista, como de la misteriosa Nástenka, que vive con su conservadora, controladora y ciega abuela. Los dos desconocidos en la noche se van perfilando, se van descubriendo, casi puedes escuchar sus profundas conversaciones, sus risas y sus llantos en la callada y blanca noche petersburguesa, resonando por los parques y las plazas de la ciudad rusa. Casi puedes oír las dudas, los tartamudeos y las retiradas prudenciales del protagonista o la suave, inocente y apasionada voz de Nástenka.

“Y te preguntas: “¿Dónde están tus sueños?”. Y meneas la cabeza y te dices: “¡Qué rápido pasan los años!”. Y de nuevo te preguntas: “¿Y qué has hecho tú con tus años? ¿Dónde has enterrado tu mejor época? ¿Has o no vivido? Mira -te dices-, mira, en el mundo empieza a hacer frío”. Y pasarán más años y con ellos vendrá la lóbrega soledad, vendrá la temblorosa vejez con un bastón y, con ellos, la melancolía y el desaliento.”

Noches blancas me ha recordado mucho -muchísimo- a Stefan Zweig. No me extraña que el escritor austríaco admirara tanto a Dostoievski y dijera de él que era “el mejor conocedor del alma humana de todos los tiempos“. Los diálogos, los personajes, la intensidad de sus sentimientos me trasladaban mucho a cuentos como El amor de Erika Ewald o Carta de una desconocida. Así que, querida A., si te gusta Zweig, ya estás tardando en entrar en las nostálgicas noches blancas de este cuento.

Lo decía una mujer en Amélie, “son tiempos difíciles para los soñadores“. Pero siempre son tiempos difíciles para esta gente extraña que no son criaturas de género neutro, condenados a ser incomprendidos, condenados a no ser correspondidos, a vagar solos por las calles de las ciudades, conformándose con capturar instantes de felicidad.

“No necesito un consejo inteligente, necesito un consejo cordial, de hermano, como si llevara un año queriéndome.”

El final de este relato se ve venir, pero no por esto es malo. ¿Acaso no es esta una virtud de los clásicos? Un final agridulce, intenso e inolvidable, muy Zweig también. Releo esta última frase y parece que te esté hablando de un plato, y no del final de un relato que me ha encantado. Mejor me voy a dormir.

Bona nit,

Jan Arimany

P.S. Ya hace dos horas que te he escrito la carta, pero no puedo dormir. La última frase de la historia aún resuena en mi cabeza:

“¡Dios mío! ¡Todo un minuto de felicidad! ¿Acaso es poco para toda una vida humana?”

*

07011b520815d5e845ea62c4eb5e206eTítulo: Noches blancas.

Autor: Fiódor Dostoievski.

Título original: Belye nochi.

Editorial: Nórdica.

Páginas: 125.

Precio: 18€

ISBN: 9788416440047.

He estado en: San Petersburgo, Rusia.

Valoración: 7,5/10.

 

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10 comentarios sobre “Noches blancas, de Fiódor Dostoievski

  1. Si te ha recordado a Zweig, me gustaría seguro. Yo me he propuesto acercarme este año al doctor Zhivago y a Joyce Carol Oates, a ver si me animo.

    Un beso.

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  2. ¡Hola!

    A mí me regalaron “Ana Karenina” de Tólstoi en Navidades (lo había pedido) y también será mi primero contacto con la literatura rusa. Me interesa Dostoievski, así que algún día caerá, por ahora tengo suficiente literatura rusa jajaja

    ¡Nos leemos!
    Lua.

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  3. Si l’ha editat Nórdica, segur que és una meravella. Jo tinc Crim i Càstig esperant-me a casa des de fa mesos, però és que m’intimida tant! I això que l’any passat em vaig animar amb Tolstoi i em va agradar molt. L’idiota també diuen que està molt bé i crec que potser és més assequible. M’apunte aquest perquè si el relaciones amb Zweig, segur que m’encantarà.

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  4. Estimado Sr. Arimany:

    La devoción perruna que la intelligentsia europea siente, ejercita e impone por Fiódor Dostoievski recibe el más notable contrapunto por parte del finado escritor madrileño Juan Benet. Con gran despliegue de subordinadas y acendrado regusto a piedra de amolar cuenta Benet el supino desagrado que le produce la lectura de ese fontanero del alma, ese falsificador de sintagmas, ese predicador de la hez que a su juicio era Dostoievski..

    Cree uno que nuestro paladín de la narrativa no andaba desencaminado. Un escritor que como el ruso tenía el declarado propósito de emplear la literatura como mero soporte de la psicología no merece más que un elegante desprecio, un delicado abandono, y el olvido. El análogo dostoievskiano de hoy en día no es otro que el escritor sumiso a ideología (la figura más extendida del momento) para quien el libro no es más que el molesto soporte del ideario progresista, puritano y censor donde los haya, capador de diccionarios, carnicero de quien no le rinde el cuello o besa los pies a las nefastas categorías con las que despieza y encoge el mundo.

    Uno, ya se ve, prefiere la literatura que sólo rinde pleitesía al diccionario (al María Moliner, no al otro), y por eso padece cuando por unas o por otras se ve obligado a releer al pelma ruso y a sus dispepsias estilísticas. Nada más termino, se lo juro, me lanzo al primer libro de Benet que tengo a mano y paso dos horas sumergido en el agua probática de su prosa, que es lustral y milagrosa, y luego rezo para que nada ni nadie me fuercen a leer de nuevo a Dostoievski.

    Cordialmente le saluda,
    José Antonio Martínez Climent
    en Alicante.

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