Caca, culo, pedo, pis

Reseña: Trainspotting, de Irvine Welsh.

Traducido por Federico Corriente Basús y editado por Anagrama.

El otro día, a raíz del último premio Herralde, hablaba con Sra. Bibliotecaria sobre cómo cosechan un éxito inmediato y fulgurante las novelas irreverentes, descaradas, soeces y vulgares.

Seguramente lo mejor de la literatura es que tiene espacio para todos los estilos y nunca se ha llevado bien con las limitaciones impuestas, tanto en el fondo como en la forma, por gobiernos, religiones o críticos. ¿Acaso no tuvieron que enfrentarse genios de las letras como Flaubert, Nabókov, Lawrence o Wilde al reproche social o incluso a la censura? ¿Acaso no tuvo que esconderse Caterina Albert o las hermanas Brontë tras sus respectivos pseudónimos masculinos? ¿Acaso no tuvo que permanecer en el anonimato el autor (o la autora) de Lazarillo de Tormes? Y aun así hoy son clásicos imprescindibles, leídos, estudiados y admirados. No, la literatura nunca ha sabido amoldarse a ningunas normas, a ningunos principios, a ningún límite. Se desliza entre los dedos fríos de leyes, reglamentos, edictos y decretos, a cada cual más inútil a la hora de frenar o encarcelarla.

Pero últimamente parece que una novela, por el simple hecho de ahondar en la miseria escatológica y repetir como un disco rallado insultos y palabras como “coño”, “polla”, “corrida” y “paja”, ya son revolucionarias y obras maestras indiscutibles. Pero si un estilo así de insolente y vulgar no va acompañado de un buen trasfondo que lo justifique y lo complemente (como es el caso de Permagel), la historia queda vacía y el estilo tiende a volverse irritante. El último premio Herralde parece ser el caso y, para mí, Trainspotting es otro ejemplo -quizás el paradigma- de este triste fenómeno.

Todo el mundo me miraba con una mezcla de extrañeza y compasión cuando les descubría que no había leído aún la obra mestra del escritor escocés Irvine Welsh. “¿Ni la película?” Ni la película. “¿Pero cómo puede ser?” Y la cansina conversación solía desembocar en mi promesa abstracta de leerlo “lo antes posible“. Pero de repente decidí hacer honor a mi promesa. No preguntéis, no me entiendo ni yo mismo. El resultado es un mullido sillón para Trainspotting en la clasificación de mis peores lecturas del año 2018 y un mareo que aún arrastro a día de hoy.

Trainspotting nos acerca a un grupo de jóvenes escoceses que, si se me permite adoptar de forma puntual la vulgaridad propia de la novela, están con la mierda hasta las cejas. Los protagonistas parecen estar en contínua y aferrizada competición para ver quién tocará más fondo en las arenas movedizas de la miseria, las drogas, el sida, la violencia, la inmundicia y la bajeza moral.

Welsh supuso que la mejor manera de introducir a la historia a su indefenso lector es echándole encima una batería infinita de personajes, a cada cual más grotesco: Spud, Sick Boy, Mark, Begbie, Tommy, Davie, Rab, Nina… Pero el nombre real de Sick Boy es Simon, el de Spud Daniel y Begbie Francis. O Franco. El adicto a cualquier tipo de droga era Spud. ¿O no? Recuerdo que Sick Boy era el que mataría a sus padres por un polvo. ¿Acaso no tendría más sentido que este apodo fuera para el drogadicto? Pues no. Por cierto, ¿quién era el violento? No lo sé. De la misma manera que no sé por qué nos presenta a Nina, una prima de alguno de los anteriores que poco o nada aporta a la historia. ¿Por qué salta de un personaje a otro sin ton ni son? Si la confusión, la desorientación e incluso el mareo era el efecto buscado, hay que felicitar a Irvine.

Sentirse perdido en una historia no es nada agradable. Una de las consecuencias naturales de esta sensación es no desarrollar ningún tipo de empatía con ninguno de los personajes. Sin embargo, creo que, en este caso, la falta de empatía e incluso interés por los personajes es mérito de los propios personajes. ¡Cómo me habría gustado conocer a la persona que hay detrás de este animal ansioso de droga! ¡Cómo me habría gustado acercarme a sus miedos, a su sufrimiento, a su melancolía, a su humanidad! Pero Irvine considera más importante que asistamos a escenas dignas de Aquí no hay quien viva con su toque escatológico. Exhibe a sus protagonistas en su absuridad como se exhibe un elefante equilibrista en un circo. Sin ninguna dirección, sin ninguna conclusión, sin ningún propósito más allá del morbo. ¡Contempla cómo se bañan en una piscina de sangre, semen, mierda, alcohol, orina y cocaína! Qué divertido, ¿verdad? Pues no. No es divertido. Es aqueroso, y no tengo ningún problema en sentir asco si es con algún objetivo; si es para comprender algo más allá del propio asco. Pero Trainspotting no ofrece nada más allá de este circo de ignominia.

Empiezo a ver la película y, aunque es algo mejor que la novela (desde el famoso monólogo inicial se hace patente la labor de Danny Boyle para dotarla de cierta profundidad), no la termino. Me entero de que Irvine Welsh ha ido escribiendo muchas más novelas sobre los mismos antihéroes que protagonizan Trainspotting. Más de veinte años dura ya la broma. Realmente la fórmula “caca, culo, pedo, pis” da mucho de sí.

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