Matar a la abuela

Recientemente algunos escritores tan importantes como J.K. Rowling, Margaret Atwood, Mario Vargas Llosa o Salman Rushdie han firmado un manifiesto que denuncia el supremacismo moral -supuestamente progresista pero absolutamente radical e intolerante- que se ha apoderado de los medios y del debate público. El manifiesto critica el uso perverso de causas justas contra lacras sociales como el machismo o el racismo para estigmatizar a personas que opinan sin adoptar una corrección política intransigente. Y es que la cultura de la cancelación (es decir, cancelar a una persona por una opinión) no deja de ser una cultura de intolerancia acomplejada.

Las redes sociales y la libertad de expresión nos deberían haber llevado a una época dorada del pensamiento pero, en cambio, la intolerancia y el pánico de ser acusado de machista, terf, homófobo, racista, xenófobo, fascista (etc.) nos han llevado a una autocensura inquisitorial. Todo movimiento social que legítimamente busca valores tan positivos como la justicia, el progreso o la igualdad se pervierte al convertirse en una especie de carrera de radicalidad dogmática, en la invención de un insulto para todo aquel que no convenga con la totalidad de su dogma.

Como no puede ser de otra manera, este fenómeno afecta a la cultura. Una muestra de ello la encontramos en la retirada por parte de HBO de Lo que el viento se llevó de su catálogo de películas por el racismo que exhibe. ¿Pero acaso no existía racismo en el momento histórico que recrea? Claro que existía, el problema es que la película no lo critica de forma suficientemente explícita. Es decir, comete el error de representar la realidad de ese momento tal y como era, sin incluir juicio ni nota aclaratoria condenando el racismo. Y todo aquel que compite en la inclemente carrera del anti-racismo no se puede permitir ver una película sin que los esclavistas aparezcan como seres perversos, despiadados y deshumanizados. Es irónico que la misma persona que lucha cada día contra el racismo a golpe de tuit no sepa ver la vida más allá de blancos y negros, buenos y malos, y dé descaradamente la espalda a la realidad, que se conforma de grises. El purista contemporáneo no sabe disfrutar de una historia sin que contenga un juicio moral que se adecúe a su intolerancia vehemente.

Esto se traduce en una literatura teñida de este moralismo tan aburrido más típico de la literatura infantil que de la adulta. Ningún autor ni ninguna editorial se quiere arriesgar a ser acusado de algo grave que termine en ista y que, para más inri, no representa lo que es ni lo que piensa. Pero es lo que pasa cuando te quedas atrás en la carrera moralista: el premio para los perdedores es un ista seguido de una lapidación de la que uno no se levanta jamás. Cuando era pequeño, huyendo de esta tendencia catequista, fui a parar a La maravillosa medicina de Jorge, de Roald Dahl. En esta historia, Jorge vierte peligrosos ingredientes en la medicina de su amargada abuela para acabar con ella. Es de las primeras historias que recuerdo haber disfrutado porque, por primera vez, tenía la sensación de estar leyendo un libro por el simple placer de leer, y no con el fin de aprender algo o de asumir valor alguno. Espero que no se haga necesario aclarar que, como resultado, no intenté envenenar a mi abuela.

Tenemos que cancelar a Scott Card por homófobo, a Pablo Neruda por violador, a J.K. Rowling por tránsfoba, a Roald Dahl por antisemita, a Mario Vargas Llosa por fascista y a Gabriel García Márquez por comunista. Cada vez oigo más voces acusando a un libro de falta de diversidad en los personajes, de no representar correctamente a un colectivo, de no denunciar claramente, a través de los personajes o del desenlace, lo que sea que tenga que denunciar en cada momento. Y los ista con que se estigmatizan a los personajes se extienden automáticamente al desgraciado escritor que hay detrás. Esta obsesión supuestamente progresista (pero que de progresista no tiene nada) no sólo afecta a la literatura actual, sino que se siente lo suficientemente fuerte en su impenetrable supremacismo moral como para empezar la ofensiva contra la literatura pasada, juzgándola desde unos valores completamente ajenos a la época en que fue escrita. Sin ir más lejos, he oído tachar El Señor de los Anillos de racista por la discriminación de razas como los orcos, así como machista por su evidente minoría de personajes femeninos. Chinua Achebe acusó a El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, de ser una obra racista por el retrato que hace de las culturas preexistentes en el Congo. Sin embargo, lo que hizo Conrad es transmitir cómo percibían la realidad los colonizadores. Ahora sabemos que, como todo punto de vista, era una perspectiva parcial, influenciada, simplista, ignorante, equivocada en tantos aspectos como queráis. Pero la literatura siempre debe aportar este tipo de visiones subjetivas, y no un estudio detallado e imparcial de 360 grados digno de una tesis doctoral. Que otro libro me explique la visión alternativa, la de esas sociedades colonizadas, a través de otra historia con un punto de vista tan parcial, influenciado, simplista, ignorante y equivocado como el de los colonizadores (en este sentido, Todo se desmorona, del mismo Chinua Achebe, es una excelente opción).

El lector no es estúpido; sabe pensar por sí mismo. No necesita que le edulcoren la realidad, no se volverá racista por leer la obra maestra de Margaret Mitchell ni pederasta por leer la de Vladimir Nabókov. La buena literatura aporta nuevas perspectivas que inevitablemente fomentan la tolerancia, en ningún caso un juicio exhaustivo que pretenda educar al lector en un dogma, darle masticada la respuesta considerada correcta, no sea que termine matando a su abuela.

Artículo original en catalán – El Periòdic d’Andorra (24 de julio de 2020).

* Las ilustraciones son de Quentin Blake para La maravillosa medicina de Jorge, de Roald Dahl.

3 comentarios en “Matar a la abuela”

  1. Muy de acuerdo con las ideas que expone.
    Si bien, al menos Margaret Atwood y Mario Vargas Llosa se han distinguido por seguir lo políiticamente correcto en cada momento y, en concreto, el Cuento de la criada, además de ser una gran obra, ha sido particularmente beneficiada de la moralina reinante.
    Pasé mi juventud escapando de la moralidad oficial de los últimos años del régimen de Franco. Ahora, la presión de lo políticamente correcto y la reacción intransigente de los “nuevos inquisidores” me vuelven a recordar el deporte de andar sin hacer ruido.

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  2. Interesante entrada. En esas estamos, en una época donde todo está mal visto al final.
    Hablaba recientememte de una fantástica película que nos ayudaría en docencia. Como película fantastica, no cambiaría nada. Además nos sirve para conocer de una forma diferente lo que seguimos haciendo aunque tenganos leyes que nos digan que no. Ocultarlo no es el camino para solucionarlo. La película La gata sobre el tejado de cinc. El problema: ocultar al enfermo su pronóstico.
    Un abrazo.

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  3. Molt bonic, Jan. Així, així, s’ha de anar recordant que no tots som inquisidors i que el blanc i el negre forman un ventall infinits de grisos que també son molt xulos i ben reals.
    Molt bon article!

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