La grandeza de la gente pequeña

Hace unas semanas, haciendo el Book Tag del New York Times, tuve que responder a la pregunta de qué libro recomendaría al presidente de mi país. No lo dudé. Si pudiera recomendar una novela al Cap de Govern de Andorra sería El Hobbit, de J.R.R. Tolkien.


Desde el pasado mes de agosto en Macondo Club Literario estamos haciendo un largo viaje por la Tierra Media. Poder leer El Hobbit seguido de los tres volúmenes de El Señor de los Anillos en meses alternos tiene la ventaja de evitar la saturación que conllevaría leer más de 1.500 páginas seguidas sin renunciar a vivir toda la historia de manera unitaria, como si se tratara de un solo viaje. Si a estos cuatro libros que forman parte de la lectura conjunta que hemos organizado añadimos El Silmarillion y tantos cuentos incompletos, borradores y árboles genealógicos a cuya organización y armonización Christopher Tolkien -el hijo y albacea literario de Tolkien- consagró su vida, el resultado es una de los lugares fantásticos más complejos y coherentes de la literatura universal.


Tolkien lo empezó a crear con los escritos que conforman El Silmarillion, una serie de leyendas sobre los Tiempos Antiguos y las Grandes Guerras de la Tierra Media. Sin duda se trata de la lectura más exigente de Tolkien, pues cada frase contiene una trascendencia y una carga de información, de nombres propios y heroísmos que puede recordar fácilmente al tono homérico o bíblico. Sin embargo, un día, cuando sus hijos le pedían que les contara un cuento, decidió abandonar las leyendas de las grandes figuras que articulan desde las alturas divinas la historia de aquella tierra imaginaria para aterrizar y explorarla desde una vida tan anónima e intrascendente como la de un hobbit. A Bilbo, como buen hobbit de la idílica Comarca, no le gustan las aventuras, «cosas desagradables, molestas e incómodas que retrasan la cena». Pero con la sabiduría -hoy diríamos inteligencia emocional- que sólo un mago como Gandalf puede tener, acaba inmerso en una aventura sin precedentes para ayudar a unos enanos a recuperar su castillo subterráneo (junto con el tesoro que guarda) de un peligroso dragón.


A través de los ojos inocentes de Bilbo, y por vez primera, Tolkien tocó, olió, recorrió aquellas tierras con tanta historia detrás, con tantas capas y cicatrices. Fue tal el éxito de este cuento infantil que la editorial no tardó en presionarlo para que escribiera secuelas con más aventuras de Bilbo. No obstante, para Tolkien era extremadamente importante que todo lo que sucediera en su amada Tierra Media estuviera dotado de una coherencia impoluta y así fue cómo decidió jubilar a Bilbo y, a través de un anillo mágico que encuentra durante sus aventuras en El Hobbit, crear una nueva aventura protagonizada por su sobrino Frodo. El Señor de los Anillos es un buen ejemplo de cómo un libro no pertenece a su autor. Tolkien lo empezó a escribir con la idea de que fuera un libro breve e infantil y terminó siendo un libro de fantasía adulta de más de 1.200 páginas. Aceptó la exigencia del editor de dividirlo en tres volúmenes a regañadientes y, seguramente, si no hubiese sido por la escasez de papel para la guerra, nunca habría accedido.


No lo dudé ni un segundo. Si tuviera que recomendar un libro al Cap de Govern sería El Hobbit. Y no por toda esta complejidad narrativa que he intentado esbozar en los párrafos precedentes, sino por uno de los mensajes que comparten El Hobbit y El Señor de los Anillos: cómo, a veces, la gente pequeña, las personas que parecen intrascendentes, pueden cambiar la historia del mundo. Tolkien tenía muy claro este mensaje: fue la lección que extrajo de sus vivencias en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Y realmente al principio nadie cree en la valía de Bilbo, que no sabe (ni quiere saber) qué hay más allá de las colinas de la Comarca. De hecho, ni el mismo Bilbo cree en su propia valía. Una vez sale de su casa descubre que el mundo es muy grande, descubre que hay grandes y poderosos reinos, otras costumbres, otras maneras de vivir. En su viaje, aunque siempre tiene presente de donde viene y el anhelo de regresar, encuentra su propio coraje y salva a sus compañeros de mil peligros. Son muchos los personajes que ni siquiera saben de la existencia de los hobbits, ya que estos rara vez salen de las fronteras de su pacífica región. Muchas son las bestias que no conocen su olor y precisamente eso es lo que hace posible que Bilbo se salga repetidamente con la suya y sirva de mediador neutral entre razas y reinos enemistados por sus ambiciones y estrategias geopolíticas.


Andorra es Bilbo Bolsón y los tiempos actuales nos obligan a mirar hacia fuera, más allá de las montañas de nuestra querida Comarca. Salir, aprender y encontrar nuestro lugar en el panorama internacional. Explorar cómo, desde nuestra pequeñez, podemos contribuir en un mundo más polarizado que nunca, cómo, desde nuestra neutralidad esencial, podemos contribuir a empujar la humanidad hacia el amanecer de días mejores. Demostrar, en definitiva, la necesidad de los países pequeños en un mundo tan grande.

Andorra la Vella

Artículo original en catalán (La importància de la gent petita) – El Periòdic d’Andorra (2 de octubre de 2020).

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