Mis blogs de literatura favoritos

A veces creo estar asistiendo al declive de los blogs literarios a favor de otras plataformas y redes sociales (Instagram, YouTube, podcasts…). Los blogs parecen ser hoy una reliquia del Internet 1.0, y es una lástima. Desde que empecé a leerlos, he organizado los blogs que leo a través del difunto Google Reader, de Bloglovin’, aplicaciones como Reeder y, la web que utilizo ahora, Feedly. Esta sucesión de programas y webs me indican lo mucho (y lo muy rápido) que ha cambiado este mundo virtual. Nunca me he cansado de buscar nuevos blogs, he visto a muchos nacer y a muchos, algunos que me encantaban, morir.

Llevo mucho tiempo queriendo hacer una entrada con los que son mis blogs de literatura favoritos y nunca he encontrado el momento hasta ahora. Sigo a cientos de blogs, y evidentemente todos me gustan. Pero hay algunos que para mí son referencias, ejemplos, que cuando los leo siento esa mezcla de sereno placer e inevitable y sana envidia. Con esto quiero decir que estos no son los únicos blogs que me gustan y leo regularmente, sino que son mi Olimpo personal. El orden es completamente aleatorio; la verdad es que sería incapaz de ordenarlos por preferencia.

Un libro al día – La bestia lectora

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Hace poco este veterano blog cumplía ni nada más ni nada menos que… ¡DIEZ años! Su nombre es el resumen perfecto de lo que hace: nos regala una reseña de un libro diferente cada día. Y no sólo cumple rigurosamente, sino que todas las reseñas son de excelente calidad. Es evidente que a una sola persona no le daría la vida para llevar este ritmo, y es que detrás de ULAD hay un equipo de diez personas (una por año) y todos escriben unas reseñas geniales. Sin duda, esta bestia lectora que es ULAD es un referente indiscutible de la blogosfera literaria en castellano.

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Entre montones de libros – La reina de la blogosfera literaria

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Aunque, como ya he dicho, me sería imposible establecer un orden de preferencia a esta lista, si me apuntaran con un revólver en la cabeza y me viera obligado a hacerlo, al menos la primera posición la tendría clara. Mientrasleo es para mí la reina indiscutible de la blogosfera literaria. Ha publicado más de 1.500 entradas en su blog Entre montones de libros desde que lo empezó en 2011. Para mí, y sin ella saberlo, ha sido un ejemplo, una referencia y una maestra (más por el contenido que por el diseño del blog, está claro). Todas sus reseñas y textos son sencillamente perfectos y mantiene una constancia admirable. Tiene miles de seguidores -entre los cuales humildemente me incluyo- y defiende con ahínco su intimidad: de ella solo sé que lee mucho (por su blog), que también le gustan los zapatos (por su Instagram) y odia los lunes y madrugar (por su Twitter). Siempre me ha parecido un misterio y me he sorprendido tejiendo mentalmente teorías que he acabado por creerme sobre su identidad y su rutina. Mónica aún debe estar riéndose de ellas. Además, me consta que es una gran persona.

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Serendipia – La escritora feelgood

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Hablando de grandes personas. Tengo la suerte de conocer personalmente a Mónica Gutiérrez Artero, autora de El noviembre de Kate y La librería del señor Livingstone. Debo confesar que antes que conocerla en persona, e incluso como escritora, la conocí como bloguera, y es que también lleva diez años hablando de literatura en su blog Serendipia. Sus reseñas son como su literatura: te hacen sentir bien (son feelgood). Como sus libros, las suyas son reseñas que te apetece leer café en mano, bajo la manta y oyendo llover. Cada sílaba de sus recomendaciones literarias transmite estas buenas vibraciones, este amor por la literatura y esta necesidad urgente de coger abrigo y paraguas y correr a la librería más cercana a comprar el último libro del que ha hablado.

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Bienvenida narrativa – El poeta bohemio

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El blog de John es de los pocos que, cuando me entero que ha publicado nueva reseña, dejo lo que esté haciendo para ir corriendo a leerla. Hago una segunda lectura cuando tengo más tiempo e incluso, si acabo por animarme y leer el libro del que me habla, cuando lo termino hago una tercera lectura. John me parece un poeta de estos bohemios que te encuentras por los rincones más insospechados de la ciudad leyendo a un autor de nombre impronunciable. La primera sensación que tengo cada vez que entro en su blog Bienvenida narrativa es la de querer quedarme allí, admirando las fotos en blanco y negro que encabezan unas reseñas en las que su autor disecciona el obra, la analiza y vuelca su alma.

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Lectures de l’Espolsada (en catalán) – La librera con vocación

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Este es el blog de Fe Fernàndez, la librera de la librería l’Espolsada (Les Franqueses del Vallès). No sólo es una autoridad y una referencia indiscutible para mí, también lo es en toda Catalunya. Si Fe te recomienda un libro, lo lees y punto. No falla. Sus reseñas son preciosas, tiene una selección excelsa y siempe apetece dejarse caer por su blog, que recientemente se mudó a la web de la librería.

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Especulacions d’un Neanderthal (en catalán) – Mi media naranja literaria

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De quien hay detrás de este blog no sé nada aparte de que se llama Jordi y es mi media naranja literaria: tenemos los mismos gustos. Leo una reseña suya de un libro que haya leído y no dejo de pensar “esto mismo habría dicho yo de este libro”. Publica unas dos reseñas mensuales y todas son de muy buena calidad.

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L’illa deserta – La Robinson Crusoe literaria

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Este blog te da la bienvenida con una pregunta: ¿qué libro te llevarías a una isla desierta? Esta maldita pregunta a la que todo lector reacciona con una cara de frustración e impotencia. De esta lista, L’illa deserta ha sido mi último descubrimiento y es un blog que me encanta. Sus reseñas son sencillas, te hablan de libros como lo haría un amigo. Es un blog cuyas entradas me transmiten la misma paz que el de Mónica Gutiérrez.

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Decidme vosotros en los comentarios, ¿cuáles son vuestros blogs favoritos?

10 consejos para conseguir que un bloguero JAMÁS reseñe tu libro (y de paso cabrearlo)

Aunque hay miles de blogs con más seguidores y con más concurrencia de visitantes que el del aquí presente, considero que los más de siete años que llevo escribiendo reseñas me han dado un bagaje importante en muchos aspectos de la blogosfera literaria. Uno de estos es la relación entre los blogueros y los escritores noveles. Estos últimos han encontrado en el fenómeno de la autoedición la oportunidad de prescindir de editorial y, en la blogosfera literaria, un altavoz asequible y efectivo. Con el único gasto de un ejemplar -que muchas veces se reduce a un documento PDF adjunto a un correo electrónico- consiguen llegar a una gran cantidad de lectores. La autoedición tiene la virtud de haber derribado las barreras impuestas por el antiguo monopolio editorial, demasiadas veces perdido en criterios exclusivamente comerciales y económicos. Pero esto es tan cierto como que la falta absoluta de filtro alguno lleva a un totum revolutum que ha reducido el prestigio de los libros autoeditados a la posible repesca por parte de las mismas editoriales que pretendían eludir en un principio.

Este infierno también ha afectado a los blogueros literarios -entre los que humildemente me incluyo-, quienes reciben un alud constante de correos electrónicos de escritores noveles y/o autopublicados que ofrecen un ejemplar “a cambio” de una reseña. Cuando el otro día recibí un correo surrealista con una novela pronográfica adjunta, pensé que había llegado el momento de dedicar una entrada a dar algunos consejos para hacerlo correctamente. Pero, pensándolo mejor (cosa que raramente hago antes de tomar una decisión), llegué a la conclusión de que en realidad era tan fácil hacerlo bien, que lo realmente complicado es hacerlo tan mal como lo hizo la autora de esa novela pornográfica. Así que he decidido daros unos consejos que, si los aplicáis íntegra y debidamente a la hora de enviar vuestro manuscrito a un bloguero, este JAMÁS lo leerá ni lo reseñará (y si tenéis un talento innato, podéis llegar a cabrearlo). ¡De nada!

Mis consejos se limitan a lo que es el correo electrónico que enviaréis a vuestra víctima, no al manuscrito en sí. Pero de más está decir que es mucho mejor el formato Word que el PDF, y mejores que ambos son formatos incompatibles con Microsoft Office (como .pages) o, el formato estrella, el .text. De más está decir también que no gastes tu tiempo en releer y revisar tu propio manuscrito ni gastes tu dinero en contratar a un corrector. Si prescindimos de editorial, prescindamos también de todas estas nimiedades.

Centrémonos pues en los consejos para ese correo electrónico. ¿Cuál es el objetivo? Que el bloguero nos ignore o, en el mejor de los casos, nos envíe una respuesta airada. ¿Lo tenemos claro? ¿Sí? ¡Pues adelante!

1. Contacta masivamente con todos los blogueros literarios que encuentres en internet. No discrimines a nadie. Aunque no lo sepan, todos se están muriendo de ganas de leer tu manuscrito. El único requisito es que tenga un blog y sea de libros. Da igual si está especializado en libros de cocina y tú has escrito una novela negra. Da igual que sea un blog de literatura feminista y tú hayas escrito una novela sobre una relación tóxica idealizada para adolescentes. ¡Dale!, que diría aquel filósofo.

2. Envía el mismo correo electrónico a todos los blogueros literarios con los que contactes. No lo escondas. Puedes mandar una plantilla cuyo formato haga evidente que lo único que has cambiado es el nombre del blog, pero es aún mejor enviar un único correo electrónico a todos los blogueros a la vez. Salúdalos en plural. Que se enteren de una vez por todas que tú no tienes tiempo para ir contactando con ellos uno a uno. ¡Eres un novelista, un artista, un poeta! Tu tiempo es precioso y deberían agradecerte que les brindes la oportunidad de pasarse horas leyendo tu manuscrito.

3. No te informes del blog ni de su actividad. No te intereses por el tipo de reseñas que escribe, ni el tipo de libros que le gustan. No le hables de gustos compartidos, de novelas que los dos amáis; tú habla del tuyo directamente, que es más interesante. No menciones bajo ningún concepto las razones que te hayan llevado a contactar con él o con ella en especial. Ni siquiera intentes enterarte de si detrás del blog hay un hombre, una mujer o un equipo colectivo. Cuanto menos, más. Tú apuesta por el trato que te parezca y “palante”, como dijo el sabio aquel antes de ofrecer amablemente montar una mesa.mi-libro

4. No lo hagas personal. Ponte ante el espejo y dite: “has venido a hablar de tu libro, y él también. Su existencia gira alrededor de tu libro. Ha nacido y ha aprendido a leer sólo para este momento. Lleva toda su vida esperando a que tú le mandes tu manuscrito: es el sentido de su existencia.” Cuando lo tengas claro, empieza a escribir el correo electrónico: no saludes, no le escribas como si mereciera respeto alguno, no seas agradecido, no seas humilde, no seas educado, no hables como si  el destinatario tuviera otras cosas que hacer en su vida. Sé directo: “aquí estoy. He escrito este libro, si quieres te mando un ejemplar y lo reseñas. Hasta luego, Mari Carmen.” Con esto demostrarás quién manda. En definitiva, ¡no le hables como si fuera un ser humano que invierte tiempo en su blog por simple pasión a la literatura! Trátalo como si trabajara para ti.

5. Elude sinopsis. No le cuentes de qué va, no le digas nada del libro en el correo electrónico. Debes meterte en la cabeza que el bloguero está desesperado por leer tu novela, ¡no le avances nada! Recuerda: tu manuscrito es el centro del Universo. ¡Si no te metes esto en la cabeza, meterás la pata y conseguirás alguna que otra reseña! Y si incluyes sinopsis (mal), que sea de copiar y pegar (y que se note). No personalices la sinopsis teniendo en cuenta quién es el destinatario, no lo relaciones con sus gustos literarios ni lo que aprecia más en sus reseñas. Deja claro que es uno de entre un montón, que no sabes nada de él. ¡No intentes llamar su atención! ¡No seas persuasivo! ¡No seas cercano!

6. Este es importante: BA-JO-NIN-GÚN-CON-CEP-TO revises el correo electrónico antes de mandarlo. Cuantas más faltas ortográficas y errores sintácticos, mejor. Además, ¡tu tiempo es precioso!

7. Y me dirás: “¿Pues qué diantres tengo que escribir en el correo electrónico? ¡Sólo me dices, oh Maestro Jedi, qué NO tengo que incluir!“. Pues hay una cosa que siempre debes incluir, pequeño saltamontes. La petición de reseña. Que me dirás: “¿pero este no es un tutorial para conseguir precisamente todo lo contrario?” Psicología inversa, my friend. Lo importante no es ofrecerle la lectura, esto haría una persona razonable que da por sentado que, si lo lee y le gusta, lo va a reseñar, pues precisamente por esto tiene un blog: para recomendar libros que le gustan. NO: pídele explícitamente la reseña. No le digas nada de la novela, ni seas presuasivo, ni te intereses por su blog: pí-de-le-la-mal-di-ta-re-se-ña. Y si puedes dejar por escrito que se lo mandas A CAMBIO de la reseña, mejor. ¡No se vaya a escabullir, el muy canalla! Recordarle que se lo ofreces GRATUITAMENTE siempre ayudará a la causa. No pierdas de vista que aquí eres tú quien hace un favor.

8. Sobretodo, nunca estés dispuesto a mandar un ejemplar en papel. ¡Que vale dinero! ¿Vamos a invertir dinero en esto? Repite conmigo: ¡NOOOO! ¡Exacto! No vale la pena. Ofrece sólo formatos electrónicos, ¡que no eres una ONG, tú! Si el señorito lo quiere en papel, que se lo imprima él mismo.

9. Si los astros se han alineado y has tenido la mala fortuna de encontrarte un Gandhi que, aun habiendo seguido todos mis consejos, acepta, espera. Pero no mucho. Un día o dos. Después empieza a mandarle correos haciendo seguimiento y metiendo prisa. Si no publica reseña cuando lo consideres razonable, insiste y no dudes en exigir lo que es tuyo: LA CONDENADA RESEÑA. Tú hazme caso, es una inversión de futuro.

10. Si finalmente la reseña no es positiva (o no tan positiva como tú, la persona más objetiva del Planeta Tierra a la hora de juzgar tu propia obra, consideras adecuado y suficiente), discútele la crítica. Tómatelo personal. Ahora sí, es el momento de hacerlo personal. Ni te plantees que pueda tener razón. Tú inúndalo de razones, véngate: lo único que quiere es joderte, el muy cabrón. Seguro que nació, aprendió a leer e invirtió horas en ese blog de mierda sólo para joderte. Una vez hayan transcurrido tres días naturales sin movimiento desde tu noveno correo electrónico respondiendo sus argumentos, tómate una birra. Te la mereces, campeón. ¡Lo has conseguido! ¡Enhorabuena! Ahora ponte a trabajar en tu próxima novela, que, esta sí, ¡ni siquiera ese pringao querrá leer!

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El conquistador siempre pierde

The Moon is Down, de John Steinbeck

Actualmente descatalogado en castellano.

91Gh7Ayt07LImaginaos un pueblo de algún país europeo. Todos los vecinos se conocen y se administran de la misma manera desde tiempos inmemoriales. Un día soleado, un ejército extranjero, aprovechando la ausencia casual de las fuerzas locales, invade este pueblo de forma repentina. Cuando dichas fuerzas reaccionan ya es demasiado tarde: el pueblo ha quedado en manos del enemigo. Ahora, como lector, sientes la tentación de alejarte de esta localidad, abandonarla junto a los soldados que ya se retiran campo a través. Esperas asistir a los preparatorios del contraataque junto a ellos, seguir el curso de la guerra a escala nacional e internacional para, finalmente, seguir al héroe, individual o colectivo, que traerá la esperada liberación.

Pero espera, no te vayas, permanece en este silencio incómodo que va penetrando poco a poco en el pueblo. Ante los ojos incrédulos de los vecinos, los soldados se instalan rápidamente e instauran un nuevo orden. ¿Cómo reaccionará el pueblo cuando la incredulidad dé paso a la rabia? ¿El alcalde será leal a su pueblo o se alineará con el enemigo por miedo o ambición? ¿Se arrepentirá el traidor de haber colaborado con el ejército ocupante? ¿Cómo se sentirán los soldados cuando la población no los reciba bajo lluvias de flores, agradecidos apretones de manos y sonrisas de mujeres bellas, jóvenes y risueñas? ¿Cómo reaccionarán cuando descubran que la propaganda no estaba en lo cierto, que su Líder los ha mantido, que en realidad este pueblo, este país, nunca los ha esperado ansiosamente, nunca han anhelado ser invadidos? ¿Cómo huirán de esa soledad, de ese desengaño, de ese silencio inquietante, de esas miradas hostiles, de esa conspiración imperceptible pero constante como la puesta de la luna?

A través de esta narración breve, Steinbeck construye una historia ambigua, casi onírica, alrededor de la premisa de que los conquistadores siempre pierden. Tarde o temprano pierden. No hay otra salida, porque por muy autoritarios, intimidantes y amenazadores que se muestren, serán temidos y obedecidos, pero nunca serán bienvenidos, nunca serán aceptados ni queridos, nunca podrán dormir con la tranquilidad que brinda la calidez de un hogar. La inquietud de saberse rodeado por gente que los detesta y los quiere ver muertos los lleva a la locura, de vuelta a casa o ambas cosas. Cada capítulo se desarrolla íntegramente en una única escena, como las películas de la vieja escuela, y el lector sigue a todos los actores que participan en esta absurda obra de teatro que es la guerra. El pueblo es un solo cuerpo, una sola voluntad, un ente que se mueve lentamente, pacientemente y en silencio, pero coordinado, unido y seguro de sí mismo. Las novelas cortas de Steinbeck no me han fallado nunca, y The Moon is Down no es una excepción.

P.D. Se agradece el epílogo de la edición inglesa, que explica la popularidad que obtuvo como propaganda dirigida a los soldados que lucharon y perdieron la vida en la Segunda Guerra Mundial y en pos de la libertad de la que hoy todos gozamos.

  • Leer escuchando: Enemies Forever, de Anthony Weeden.
  • Perfecto para: quien quiera leer una novela breve, bien escrita y que invite a la reflexión sobre el sentido de las guerras, las invasiones y el autoritarismo.
  • Te gustará si te gustó: Suite francesa, de Irène Némirovsky.

La hostia necesaria

Correo literario, de Wisława Szymborska

Traducido por Abel Murcia y Katarzyna Moloniewicz.
Editado por Nórdica.

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Las lecciones más importantes de mi vida siempre han ido acompañadas de una buena hostia. No ya física, que también, sino intelectual. Una colleja de mi padre, un comentario de mi madre, un ridículo ante toda la clase, una pregunta o una respuesta que rompe mis esquemas, un rechazo, una derrota… Es duro. Duele. La primera reacción suele ser la indignación. La segunda el enfado. Pero cuando la rabia se apaga quedan las cenizas de la reflexión, de las que surge el fénix del aprendizaje. ¡Ojalá uno pudiera crecer sin vivir la humillación, el desengaño, el sufrimiento y la dolorosa crítica! ¡Ojalá fuera un camino de rosas, de perpetuo descenso y acariciado por una suave brisa de verano! Pero la sociedad actual ha confundido estos ojalás con la realidad y educa a sus hijos entre cojines, mimos y amables y dulces palabras. Y entonces el pajarito vuela y, al primer golpecito, cae desplomado al suelo. ¿No es acaso cruel y egoísta no prepararlo para el vuelo? Pregunto.

He tenido la fortuna de tener unos padres que han sabido combinar, con una naturalidad asombrosa, el cariño y la disciplina. Han sabido cuando animarme y cuando ponerme los pies en el suelo. Cuando le enseño a mi padre un texto del que me siento especialmente orgulloso lo lee con una atención puntillosa, casi obsesiva, en busca del mínimo error o imprecisión. Su crítica es feroz y a veces incluso hiriente. Hundido en mi desilusión, tardo en entender que si lo hace es sólo y exclusivamente para que mejore. Pero es fácil ver cómo hoy son mayoría la hueste de padres contrarios a los gritos y a la mínima crítica. Padres que no saben hacer otra cosa que felicitar a sus hijos para no desanimarlos, para verlos contentos y satisfechos de sí mismos. Esta epidemia se ha extendido al ámbito artístico y literario. Una crítica demasiado dura puede desalentar a un futuro Dickens, una crítica demasiado directa puede hacer que una potencial Woolf se desanime y tire la toalla. Di que no te ha convencido, ¡pero no que es un absoluto desastre! ¡Ni se te ocurra decir que es una mierda! ¡El respeto ante todo! De acuerdo. Pero, ¿y cuando el nivel de la bazofia supone una falta de respeto hacia el lector y su tiempo? ¿Acaso Dickens y Woolf no recibieron críticas despiadadas en su momento?

El conocimiento y el talento, aunque necesarios, no son suficientes para ser un buen escritor. A mi parecer, también es imprescindible cierta resistencia y constancia, no sólo en la rutina de trabajo, sino también ante ataques, críticas y contratiempos provenientes del exterior. Si criamos a nuestros escritores en un invernadero, produciremos escritores mediocres. Es mucho más conveniente forjarlos en la furia de la tormenta y de letales enjambres de dificultades y obstáculos.

Tal era la opinión de una tal Wisława Szymborska, poeta polaca que ganó el Premio Nobel de literatura en 1996. Desde un consultorio para escritores en la revista Vida Literaria, Symborska respondía anónimamente a las cartas, manuscritos y poemas que recibía de escritores debutantes. Correo literario recopila sus veredictos más mordaces. Acostumbrado a la corrección absoluta, empecé leyendo Correo literario entre el asombro y la incredulidad, tapándome con la mano la sonrisa que afloraba a mis labios y que me hacía sentir de alguna manera culpable. Pero cuando estaba leyendo la quinta respuesta pausé un momento la lectura y reflexioné sobre por qué me debía sentir mal por este baño de sangre del que era testigo. Todas las cartas que conforman este correo no son más que puñetazos que estos escritores necesitan como el aire que respiran. Si han escrito una mierda, ¡lo mejor que pueden hacer por ellos es decirles la verdad! Decirlo alto y claro: has escrito una mierda. Nadie les impide que abandonen su ambiciones literarias, nadie les prohíbe que lo vuelvan a intentar, nadie les impide que ignoren el golpe y persistan.

No he leído un solo poema de Szymborska, pero viendo la genialidad de su correo literario es fácil adivinar su maestría en terrenos más creativos. Sus respuestas, siempre argumentadas, están llenas de una ironía fascinante. Me reía a carcajadas. Lo admito, lo confieso, lo reconozco. Me he reído mucho. La misma risa tonta que me invade cuando veo vídeos de gente torpe cayendo al suelo o sufriendo planchazos en el agua. ¡Zasca, en toda la boca! Incluso me parecía escuchar entre líneas el Move Bitch de Ludacris.

Wisława no duda en ser cruel si la verdad lo es. No duda en, dado el caso, diagnosticar falta de talento, tan o más necesaria que la técnica. A veces dispara a matar. Algunos de los escritores que recibieron su metralla seguramente se desanimaron y abandonaron el oficio. Otros, estoy seguro, aprovecharon la hostia que efectivamente necesitaban para cambiar de rumbo, corregir, mejorar, crecer. Aunque lo ignoraban, la mano que les daba la colleja era la de una Premio Nobel, y una que sabía de lo que hablaba. El lector de Correo literario tiene la suerte de asistir a este sangriento curso de literatura sin que sea suya la sangre que corre. Sin duda debería ser una lectura obligatoria para cualquier persona que se quiera dedicar a la literatura. Es un destello de verdad en el océano de corrección hipócrita en el que estamos todos inmersos.

Los que nos dedicamos, por ocio o negocio, a reseñar, opinar y criticar lecturas podemos llegar a ser muy injustos. Somos personas y, como tales, a veces nos dejamos llevar por las emociones. La indignación o la incomprensión nos puede llevar a ser crueles. ¿Pero acaso somos los únicos? ¿Acaso las emociones no son propias de toda la raza humana y se da en todos los sectores e industrias que requieren la intervención de personas? ¿No es sano para un escritor que sufra injusticias? Yo creo que sí. De Shakespeare a García Márquez, todos los escritores recibieron malas críticas, algunas más justas que otras. Soy consciente que una obra literaria es, parafraseando a Rosa Maria Prats, “materia sensible” por el hecho de que en ella una persona ha depositado algo muy íntimo. Pero a partir del momento en el que el autor lo saca de su escritorio y se lo da a alguien -un editor, un amigo, una madre, un bloguero- de alguna manera deja de ser suyo y debe enfrentarse a las adversidades del mundo. Y tiene que ser así. Seguramente el método de la hostia necesaria hará que nos perdamos muchas obras buenas que no sobrevivirán su brutalidad, pero también nos ahorrará montañas de literatura mediocre.

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  • Como no escribir una novela, de Howard Mittelmark y Sandra Newman.
  • Cartas a un joven novelista, de Mario Vargas Llosa.

Caca, culo, pedo, pis

Reseña: Trainspotting, de Irvine Welsh.

Traducido por Federico Corriente Basús y editado por Anagrama.

El otro día, a raíz del último premio Herralde, hablaba con Sra. Bibliotecaria sobre cómo cosechan un éxito inmediato y fulgurante las novelas irreverentes, descaradas, soeces y vulgares.

Seguramente lo mejor de la literatura es que tiene espacio para todos los estilos y nunca se ha llevado bien con las limitaciones impuestas, tanto en el fondo como en la forma, por gobiernos, religiones o críticos. ¿Acaso no tuvieron que enfrentarse genios de las letras como Flaubert, Nabókov, Lawrence o Wilde al reproche social o incluso a la censura? ¿Acaso no tuvo que esconderse Caterina Albert o las hermanas Brontë tras sus respectivos pseudónimos masculinos? ¿Acaso no tuvo que permanecer en el anonimato el autor (o la autora) de Lazarillo de Tormes? Y aun así hoy son clásicos imprescindibles, leídos, estudiados y admirados. No, la literatura nunca ha sabido amoldarse a ningunas normas, a ningunos principios, a ningún límite. Se desliza entre los dedos fríos de leyes, reglamentos, edictos y decretos, a cada cual más inútil a la hora de frenar o encarcelarla.

Pero últimamente parece que una novela, por el simple hecho de ahondar en la miseria escatológica y repetir como un disco rallado insultos y palabras como “coño”, “polla”, “corrida” y “paja”, ya son revolucionarias y obras maestras indiscutibles. Pero si un estilo así de insolente y vulgar no va acompañado de un buen trasfondo que lo justifique y lo complemente (como es el caso de Permagel), la historia queda vacía y el estilo tiende a volverse irritante. El último premio Herralde parece ser el caso y, para mí, Trainspotting es otro ejemplo -quizás el paradigma- de este triste fenómeno.

Todo el mundo me miraba con una mezcla de extrañeza y compasión cuando les descubría que no había leído aún la obra mestra del escritor escocés Irvine Welsh. “¿Ni la película?” Ni la película. “¿Pero cómo puede ser?” Y la cansina conversación solía desembocar en mi promesa abstracta de leerlo “lo antes posible“. Pero de repente decidí hacer honor a mi promesa. No preguntéis, no me entiendo ni yo mismo. El resultado es un mullido sillón para Trainspotting en la clasificación de mis peores lecturas del año 2018 y un mareo que aún arrastro a día de hoy.

Trainspotting nos acerca a un grupo de jóvenes escoceses que, si se me permite adoptar de forma puntual la vulgaridad propia de la novela, están con la mierda hasta las cejas. Los protagonistas parecen estar en contínua y aferrizada competición para ver quién tocará más fondo en las arenas movedizas de la miseria, las drogas, el sida, la violencia, la inmundicia y la bajeza moral.

Welsh supuso que la mejor manera de introducir a la historia a su indefenso lector es echándole encima una batería infinita de personajes, a cada cual más grotesco: Spud, Sick Boy, Mark, Begbie, Tommy, Davie, Rab, Nina… Pero el nombre real de Sick Boy es Simon, el de Spud Daniel y Begbie Francis. O Franco. El adicto a cualquier tipo de droga era Spud. ¿O no? Recuerdo que Sick Boy era el que mataría a sus padres por un polvo. ¿Acaso no tendría más sentido que este apodo fuera para el drogadicto? Pues no. Por cierto, ¿quién era el violento? No lo sé. De la misma manera que no sé por qué nos presenta a Nina, una prima de alguno de los anteriores que poco o nada aporta a la historia. ¿Por qué salta de un personaje a otro sin ton ni son? Si la confusión, la desorientación e incluso el mareo era el efecto buscado, hay que felicitar a Irvine.

Sentirse perdido en una historia no es nada agradable. Una de las consecuencias naturales de esta sensación es no desarrollar ningún tipo de empatía con ninguno de los personajes. Sin embargo, creo que, en este caso, la falta de empatía e incluso interés por los personajes es mérito de los propios personajes. ¡Cómo me habría gustado conocer a la persona que hay detrás de este animal ansioso de droga! ¡Cómo me habría gustado acercarme a sus miedos, a su sufrimiento, a su melancolía, a su humanidad! Pero Irvine considera más importante que asistamos a escenas dignas de Aquí no hay quien viva con su toque escatológico. Exhibe a sus protagonistas en su absuridad como se exhibe un elefante equilibrista en un circo. Sin ninguna dirección, sin ninguna conclusión, sin ningún propósito más allá del morbo. ¡Contempla cómo se bañan en una piscina de sangre, semen, mierda, alcohol, orina y cocaína! Qué divertido, ¿verdad? Pues no. No es divertido. Es aqueroso, y no tengo ningún problema en sentir asco si es con algún objetivo; si es para comprender algo más allá del propio asco. Pero Trainspotting no ofrece nada más allá de este circo de ignominia.

Empiezo a ver la película y, aunque es algo mejor que la novela (desde el famoso monólogo inicial se hace patente la labor de Danny Boyle para dotarla de cierta profundidad), no la termino. Me entero de que Irvine Welsh ha ido escribiendo muchas más novelas sobre los mismos antihéroes que protagonizan Trainspotting. Más de veinte años dura ya la broma. Realmente la fórmula “caca, culo, pedo, pis” da mucho de sí.

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