El conquistador siempre pierde

The Moon is Down, de John Steinbeck

Actualmente descatalogado en castellano.

91Gh7Ayt07LImaginaos un pueblo de algún país europeo. Todos los vecinos se conocen y se administran de la misma manera desde tiempos inmemoriales. Un día soleado, un ejército extranjero, aprovechando la ausencia casual de las fuerzas locales, invade este pueblo de forma repentina. Cuando dichas fuerzas reaccionan ya es demasiado tarde: el pueblo ha quedado en manos del enemigo. Ahora, como lector, sientes la tentación de alejarte de esta localidad, abandonarla junto a los soldados que ya se retiran campo a través. Esperas asistir a los preparatorios del contraataque junto a ellos, seguir el curso de la guerra a escala nacional e internacional para, finalmente, seguir al héroe, individual o colectivo, que traerá la esperada liberación.

Pero espera, no te vayas, permanece en este silencio incómodo que va penetrando poco a poco en el pueblo. Ante los ojos incrédulos de los vecinos, los soldados se instalan rápidamente e instauran un nuevo orden. ¿Cómo reaccionará el pueblo cuando la incredulidad dé paso a la rabia? ¿El alcalde será leal a su pueblo o se alineará con el enemigo por miedo o ambición? ¿Se arrepentirá el traidor de haber colaborado con el ejército ocupante? ¿Cómo se sentirán los soldados cuando la población no los reciba bajo lluvias de flores, agradecidos apretones de manos y sonrisas de mujeres bellas, jóvenes y risueñas? ¿Cómo reaccionarán cuando descubran que la propaganda no estaba en lo cierto, que su Líder los ha mantido, que en realidad este pueblo, este país, nunca los ha esperado ansiosamente, nunca han anhelado ser invadidos? ¿Cómo huirán de esa soledad, de ese desengaño, de ese silencio inquietante, de esas miradas hostiles, de esa conspiración imperceptible pero constante como la puesta de la luna?

A través de esta narración breve, Steinbeck construye una historia ambigua, casi onírica, alrededor de la premisa de que los conquistadores siempre pierden. Tarde o temprano pierden. No hay otra salida, porque por muy autoritarios, intimidantes y amenazadores que se muestren, serán temidos y obedecidos, pero nunca serán bienvenidos, nunca serán aceptados ni queridos, nunca podrán dormir con la tranquilidad que brinda la calidez de un hogar. La inquietud de saberse rodeado por gente que los detesta y los quiere ver muertos los lleva a la locura, de vuelta a casa o ambas cosas. Cada capítulo se desarrolla íntegramente en una única escena, como las películas de la vieja escuela, y el lector sigue a todos los actores que participan en esta absurda obra de teatro que es la guerra. El pueblo es un solo cuerpo, una sola voluntad, un ente que se mueve lentamente, pacientemente y en silencio, pero coordinado, unido y seguro de sí mismo. Las novelas cortas de Steinbeck no me han fallado nunca, y The Moon is Down no es una excepción.

P.D. Se agradece el epílogo de la edición inglesa, que explica la popularidad que obtuvo como propaganda dirigida a los soldados que lucharon y perdieron la vida en la Segunda Guerra Mundial y en pos de la libertad de la que hoy todos gozamos.

  • Leer escuchando: Enemies Forever, de Anthony Weeden.
  • Perfecto para: quien quiera leer una novela breve, bien escrita y que invite a la reflexión sobre el sentido de las guerras, las invasiones y el autoritarismo.
  • Te gustará si te gustó: Suite francesa, de Irène Némirovsky.

La hostia necesaria

Correo literario, de Wisława Szymborska

Traducido por Abel Murcia y Katarzyna Moloniewicz.
Editado por Nórdica.

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Las lecciones más importantes de mi vida siempre han ido acompañadas de una buena hostia. No ya física, que también, sino intelectual. Una colleja de mi padre, un comentario de mi madre, un ridículo ante toda la clase, una pregunta o una respuesta que rompe mis esquemas, un rechazo, una derrota… Es duro. Duele. La primera reacción suele ser la indignación. La segunda el enfado. Pero cuando la rabia se apaga quedan las cenizas de la reflexión, de las que surge el fénix del aprendizaje. ¡Ojalá uno pudiera crecer sin vivir la humillación, el desengaño, el sufrimiento y la dolorosa crítica! ¡Ojalá fuera un camino de rosas, de perpetuo descenso y acariciado por una suave brisa de verano! Pero la sociedad actual ha confundido estos ojalás con la realidad y educa a sus hijos entre cojines, mimos y amables y dulces palabras. Y entonces el pajarito vuela y, al primer golpecito, cae desplomado al suelo. ¿No es acaso cruel y egoísta no prepararlo para el vuelo? Pregunto.

He tenido la fortuna de tener unos padres que han sabido combinar, con una naturalidad asombrosa, el cariño y la disciplina. Han sabido cuando animarme y cuando ponerme los pies en el suelo. Cuando le enseño a mi padre un texto del que me siento especialmente orgulloso lo lee con una atención puntillosa, casi obsesiva, en busca del mínimo error o imprecisión. Su crítica es feroz y a veces incluso hiriente. Hundido en mi desilusión, tardo en entender que si lo hace es sólo y exclusivamente para que mejore. Pero es fácil ver cómo hoy son mayoría la hueste de padres contrarios a los gritos y a la mínima crítica. Padres que no saben hacer otra cosa que felicitar a sus hijos para no desanimarlos, para verlos contentos y satisfechos de sí mismos. Esta epidemia se ha extendido al ámbito artístico y literario. Una crítica demasiado dura puede desalentar a un futuro Dickens, una crítica demasiado directa puede hacer que una potencial Woolf se desanime y tire la toalla. Di que no te ha convencido, ¡pero no que es un absoluto desastre! ¡Ni se te ocurra decir que es una mierda! ¡El respeto ante todo! De acuerdo. Pero, ¿y cuando el nivel de la bazofia supone una falta de respeto hacia el lector y su tiempo? ¿Acaso Dickens y Woolf no recibieron críticas despiadadas en su momento?

El conocimiento y el talento, aunque necesarios, no son suficientes para ser un buen escritor. A mi parecer, también es imprescindible cierta resistencia y constancia, no sólo en la rutina de trabajo, sino también ante ataques, críticas y contratiempos provenientes del exterior. Si criamos a nuestros escritores en un invernadero, produciremos escritores mediocres. Es mucho más conveniente forjarlos en la furia de la tormenta y de letales enjambres de dificultades y obstáculos.

Tal era la opinión de una tal Wisława Szymborska, poeta polaca que ganó el Premio Nobel de literatura en 1996. Desde un consultorio para escritores en la revista Vida Literaria, Symborska respondía anónimamente a las cartas, manuscritos y poemas que recibía de escritores debutantes. Correo literario recopila sus veredictos más mordaces. Acostumbrado a la corrección absoluta, empecé leyendo Correo literario entre el asombro y la incredulidad, tapándome con la mano la sonrisa que afloraba a mis labios y que me hacía sentir de alguna manera culpable. Pero cuando estaba leyendo la quinta respuesta pausé un momento la lectura y reflexioné sobre por qué me debía sentir mal por este baño de sangre del que era testigo. Todas las cartas que conforman este correo no son más que puñetazos que estos escritores necesitan como el aire que respiran. Si han escrito una mierda, ¡lo mejor que pueden hacer por ellos es decirles la verdad! Decirlo alto y claro: has escrito una mierda. Nadie les impide que abandonen su ambiciones literarias, nadie les prohíbe que lo vuelvan a intentar, nadie les impide que ignoren el golpe y persistan.

No he leído un solo poema de Szymborska, pero viendo la genialidad de su correo literario es fácil adivinar su maestría en terrenos más creativos. Sus respuestas, siempre argumentadas, están llenas de una ironía fascinante. Me reía a carcajadas. Lo admito, lo confieso, lo reconozco. Me he reído mucho. La misma risa tonta que me invade cuando veo vídeos de gente torpe cayendo al suelo o sufriendo planchazos en el agua. ¡Zasca, en toda la boca! Incluso me parecía escuchar entre líneas el Move Bitch de Ludacris.

Wisława no duda en ser cruel si la verdad lo es. No duda en, dado el caso, diagnosticar falta de talento, tan o más necesaria que la técnica. A veces dispara a matar. Algunos de los escritores que recibieron su metralla seguramente se desanimaron y abandonaron el oficio. Otros, estoy seguro, aprovecharon la hostia que efectivamente necesitaban para cambiar de rumbo, corregir, mejorar, crecer. Aunque lo ignoraban, la mano que les daba la colleja era la de una Premio Nobel, y una que sabía de lo que hablaba. El lector de Correo literario tiene la suerte de asistir a este sangriento curso de literatura sin que sea suya la sangre que corre. Sin duda debería ser una lectura obligatoria para cualquier persona que se quiera dedicar a la literatura. Es un destello de verdad en el océano de corrección hipócrita en el que estamos todos inmersos.

Los que nos dedicamos, por ocio o negocio, a reseñar, opinar y criticar lecturas podemos llegar a ser muy injustos. Somos personas y, como tales, a veces nos dejamos llevar por las emociones. La indignación o la incomprensión nos puede llevar a ser crueles. ¿Pero acaso somos los únicos? ¿Acaso las emociones no son propias de toda la raza humana y se da en todos los sectores e industrias que requieren la intervención de personas? ¿No es sano para un escritor que sufra injusticias? Yo creo que sí. De Shakespeare a García Márquez, todos los escritores recibieron malas críticas, algunas más justas que otras. Soy consciente que una obra literaria es, parafraseando a Rosa Maria Prats, “materia sensible” por el hecho de que en ella una persona ha depositado algo muy íntimo. Pero a partir del momento en el que el autor lo saca de su escritorio y se lo da a alguien -un editor, un amigo, una madre, un bloguero- de alguna manera deja de ser suyo y debe enfrentarse a las adversidades del mundo. Y tiene que ser así. Seguramente el método de la hostia necesaria hará que nos perdamos muchas obras buenas que no sobrevivirán su brutalidad, pero también nos ahorrará montañas de literatura mediocre.

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Caca, culo, pedo, pis

Reseña: Trainspotting, de Irvine Welsh.

Traducido por Federico Corriente Basús y editado por Anagrama.

El otro día, a raíz del último premio Herralde, hablaba con Sra. Bibliotecaria sobre cómo cosechan un éxito inmediato y fulgurante las novelas irreverentes, descaradas, soeces y vulgares.

Seguramente lo mejor de la literatura es que tiene espacio para todos los estilos y nunca se ha llevado bien con las limitaciones impuestas, tanto en el fondo como en la forma, por gobiernos, religiones o críticos. ¿Acaso no tuvieron que enfrentarse genios de las letras como Flaubert, Nabókov, Lawrence o Wilde al reproche social o incluso a la censura? ¿Acaso no tuvo que esconderse Caterina Albert o las hermanas Brontë tras sus respectivos pseudónimos masculinos? ¿Acaso no tuvo que permanecer en el anonimato el autor (o la autora) de Lazarillo de Tormes? Y aun así hoy son clásicos imprescindibles, leídos, estudiados y admirados. No, la literatura nunca ha sabido amoldarse a ningunas normas, a ningunos principios, a ningún límite. Se desliza entre los dedos fríos de leyes, reglamentos, edictos y decretos, a cada cual más inútil a la hora de frenar o encarcelarla.

Pero últimamente parece que una novela, por el simple hecho de ahondar en la miseria escatológica y repetir como un disco rallado insultos y palabras como “coño”, “polla”, “corrida” y “paja”, ya son revolucionarias y obras maestras indiscutibles. Pero si un estilo así de insolente y vulgar no va acompañado de un buen trasfondo que lo justifique y lo complemente (como es el caso de Permagel), la historia queda vacía y el estilo tiende a volverse irritante. El último premio Herralde parece ser el caso y, para mí, Trainspotting es otro ejemplo -quizás el paradigma- de este triste fenómeno.

Todo el mundo me miraba con una mezcla de extrañeza y compasión cuando les descubría que no había leído aún la obra mestra del escritor escocés Irvine Welsh. “¿Ni la película?” Ni la película. “¿Pero cómo puede ser?” Y la cansina conversación solía desembocar en mi promesa abstracta de leerlo “lo antes posible“. Pero de repente decidí hacer honor a mi promesa. No preguntéis, no me entiendo ni yo mismo. El resultado es un mullido sillón para Trainspotting en la clasificación de mis peores lecturas del año 2018 y un mareo que aún arrastro a día de hoy.

Trainspotting nos acerca a un grupo de jóvenes escoceses que, si se me permite adoptar de forma puntual la vulgaridad propia de la novela, están con la mierda hasta las cejas. Los protagonistas parecen estar en contínua y aferrizada competición para ver quién tocará más fondo en las arenas movedizas de la miseria, las drogas, el sida, la violencia, la inmundicia y la bajeza moral.

Welsh supuso que la mejor manera de introducir a la historia a su indefenso lector es echándole encima una batería infinita de personajes, a cada cual más grotesco: Spud, Sick Boy, Mark, Begbie, Tommy, Davie, Rab, Nina… Pero el nombre real de Sick Boy es Simon, el de Spud Daniel y Begbie Francis. O Franco. El adicto a cualquier tipo de droga era Spud. ¿O no? Recuerdo que Sick Boy era el que mataría a sus padres por un polvo. ¿Acaso no tendría más sentido que este apodo fuera para el drogadicto? Pues no. Por cierto, ¿quién era el violento? No lo sé. De la misma manera que no sé por qué nos presenta a Nina, una prima de alguno de los anteriores que poco o nada aporta a la historia. ¿Por qué salta de un personaje a otro sin ton ni son? Si la confusión, la desorientación e incluso el mareo era el efecto buscado, hay que felicitar a Irvine.

Sentirse perdido en una historia no es nada agradable. Una de las consecuencias naturales de esta sensación es no desarrollar ningún tipo de empatía con ninguno de los personajes. Sin embargo, creo que, en este caso, la falta de empatía e incluso interés por los personajes es mérito de los propios personajes. ¡Cómo me habría gustado conocer a la persona que hay detrás de este animal ansioso de droga! ¡Cómo me habría gustado acercarme a sus miedos, a su sufrimiento, a su melancolía, a su humanidad! Pero Irvine considera más importante que asistamos a escenas dignas de Aquí no hay quien viva con su toque escatológico. Exhibe a sus protagonistas en su absuridad como se exhibe un elefante equilibrista en un circo. Sin ninguna dirección, sin ninguna conclusión, sin ningún propósito más allá del morbo. ¡Contempla cómo se bañan en una piscina de sangre, semen, mierda, alcohol, orina y cocaína! Qué divertido, ¿verdad? Pues no. No es divertido. Es aqueroso, y no tengo ningún problema en sentir asco si es con algún objetivo; si es para comprender algo más allá del propio asco. Pero Trainspotting no ofrece nada más allá de este circo de ignominia.

Empiezo a ver la película y, aunque es algo mejor que la novela (desde el famoso monólogo inicial se hace patente la labor de Danny Boyle para dotarla de cierta profundidad), no la termino. Me entero de que Irvine Welsh ha ido escribiendo muchas más novelas sobre los mismos antihéroes que protagonizan Trainspotting. Más de veinte años dura ya la broma. Realmente la fórmula “caca, culo, pedo, pis” da mucho de sí.

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La voz de los Indios

“Ahora conocemos más el centro de Oakland que lo que conocíamos cualquier cordillera sagrada, más las secoyas de las colinas de Oakland que cualquier otro bosque frondoso y salvaje. Conocemos más el sonido de la autopista  que el de los ríos, más el aullido de los trenes distantes que los aullidos de los lobos, conocemos más el olor de gasolina, del cemento líquido y goma quemada que el olor del cedro, la salvia o incluso el pan frito, que no es tradicional, al igual que las reservas no son tradicionales, pero nada es original, todo viene de algo que vino antes, que una vez no fue nada. Todo es nuevo y condenado. Vamos en autobuses, en trenes, en coches a través, por encima de y bajo llanuras de cemento. Ser Indio nunca ha supuesto volver a la tierra. La tierra está en todas partes y en ninguna parte.”

Doble abandono

“Desde la cama miro la terraza desatendida. Se han ido muriendo todas las plantas. ¿Cómo lo hacías, Mauro? No debe de bastar con regarlas. Hablabas con ellas. No lo hacías abiertamente, nunca delante de los demás. Decías que hablar con las plantas era un acto íntimo y transformador, un acto de fe para los que no creen en los milagros. Me levanto, respiro y anoto en la lista: “Aprender a hablar con las plantas”.”