Una niña crece en Brooklyn

416uCKrKeLL (1)¿Quién desea morir? Todo ser se esfuerza por subsistir. Miren ese árbol: crece a través de las rejas, no recibe sol y sólo tiene agua cuando llueve. Brota en tierra áspera y es fuerte porque su persistente lucha lo fortalece. Así serán mis hijos.

La cuarta lectura conjunta de Macondo Club Literario fue un clásico de las letras estadounidenses: Un árbol crece en Brooklyn, de Betty Smith. Con un peso autobiográfico notable, esta novela narra la infancia y adolescencia de Francie Nolan. Ni la extrema pobreza de su familia, ni el machismo generalizado, ni el alcoholismo de su padre consigue apagar su luz, esa esperanza que es la literatura y en la que Francie encuentra el refugio perfecto.

La venganza se sirve fría

61WIpl2YpoL-Ahora -murmuró el desconocido-, adiós, bondad, humanidad y gratitud…, adiós, todos los sentimientos que ennoblecen el alma. He querido ocupar el puesto de la Providencia para recompensar a los buenos…, ahora cédame el suyo el Dios de las venganzas para castigar a los malvados.

Al fin he leído este clásico de las novelas de aventuras que es El conde de Montecristo, de Alexandre Dumas y Auguste Maquet, y que llevaba tanto tiempo en mi lista de pendientes imperdonables. Y no lo he hecho solo, sino que lo he leído junto a Adol, Laura, Ana y Marisa en un grupo de Telegram llamado “Los sencillos de Montecristo“. A lo largo de sus 1.300 páginas nos hemos emocionado, reído y, sobretodo, deleitado con una de las venganzas más célebres de la literatura universal.

 

Invicta miseria

81+s0p3yX4LRepasando mis lecturas de este año he descubierto que aún no había reseñado la segunda novela que leí del escritor británico Thomas Hardy. Aprovechando que mi cámara se ha suicidado (no la culpo) y, por lo tanto, no puedo grabar vídeos para el canal, he decidido reseñar por escrito la quinta lectura conjunta del grupo de Librohólicos anónimos, El alcalde de Casterbridge.

Después de leer su obra maestra, Lejos del mundanal ruido, tenía muchas esperanzas puestas en esta obra, que el autor publicó en el ecuador de su carrera literaria (1886). Os mentiría si os dijera que la sinopsis no me llamaba la atención: en una taberna inglesa un infame borracho llamado Michael Henchard vende por cinco guineas a su mujer y a su hija. Al día siguiente, en plena resaca, se da cuenta de lo que ha hecho y, lleno de remordimientos, las busca sin éxito. La vergüenza le lleva a jurar ante Dios que nunca más volverá a beber. Con este punto de partida, Hardy hace un salto temporal y, dieciocho años más tarde, nos presenta a un protagonista que poco parece tener que ver con ese borracho cuya bajeza nos ha escalofriado. Efectivamente, el alcalde del pequeño pueblo agrícola de Casterbridge es una autoridad respetada, un hombre rico que lleva sus negocios con tanta solvencia como honorabilidad. Sin embargo, aquel borracho y este alcalde son la misma persona y el regreso de la mujer y la hija que tiempo atrás vendió por cinco tristes guineas tendrá consecuencias imprevisibles.

No me digáis que ahora mismo no tenéis ganas de leer esta novela porque no os creeré. ¿Habrá cambiado realmente el alcalde de Casterbridge o sigue habiendo el mismo mezquino tras sus prendas caras y sus títulos honoríficos? ¿Con qué intenciones vuelven su mujer y su hija? ¿Estará dispuesto a arriesgar todo lo que ha construido en dieciocho años? ¿La gente puede cambiar? Aunque Hardy no desprovee de la complejidad que le es propia a esta cuestión, su conclusión es diáfana: no, la gente no cambia. Quien no tiene honor, por mucho que lo intente y por mucho que luche contra sus instintos, nunca lo tendrá cuando la tormenta arrecie y le obligue a tomar decisiones. La cabeza, por mucho que se esfuerce en elaborar esquemas morales y éticos y manuales de estilo tanto de forma como de fondo para construir un alter ego virtuoso, nunca alcanza el alma cuyos invictos vicios -el egoísmo, la miseria, la ira, la mezquindad, la envidia…- se despiertan cuando los vientos les son favorables. Puedo llegar a compartir esta premisa. Creo que, por poner un ejemplo, una persona egoísta, aunque desarrolle técnicas para disimular o incluso aplacar este vicio, nunca se deshará de él.

…y hasta aquí lo que me ha gustado de la novela. Y es que el principal problema de El alcalde de Casterbridge es que, en vez de complementar esta interesantísima reflexión sobre la psique humana con una historia bien elaborada, con un ritmo, una tensión y unos personajes complejos y coherentes (véase parfavar Lejos del mundanal ruido), aquí construye una sourceespecie de telenovela latina “a la inglesa” cuyos ridículos giros argumentales agotan y confunden al pobre lector. Si uno lo para a pensar, lo de que todo gire alrededor de un rico alcalde rural y lo del regreso inesperado de una mujer y una hija desparecidas casa muy bien con series como Pasión de gavilanes o Rebelde. El último ingrediente es el viril y apuesto semental, aquí encarnado en un highlander que, sinceramente, deja mucho que desear. Y es que incluso si fuera una telenovela la abandonaría por mala, tales son las incoherencias en la forma de actuar de los personajes, tal es la inconstancia e irregularidad en la narración, tal el surrealismo desconcertante en algunos momentos (ahora en serio, ¿alguien que lo haya leído me explica el momento del toro?). ¡Y estamos hablando de Hardy, maldita sea! ¡HAR-DY! Terminar este libro, ¡esto sí que ha sido hardy para mí!

¿Con qué me voy de Casterbridge? Pues con una buena decepción, con la acertada reflexión que subyace a todo el drama sobreactuado y con las risas que nos hemos echado en la lectura conjunta (y no creo que fuera esta la intención del autor). Mejor leed Lejos del mundanal ruido y, si buscáis una telenovela con drama y salseo, ved Jane The Virgin.

Como la gente normal

 

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“I don’t know what’s wrong with me, says Marianne. I don’t know why I can’t be like normal people.”

El 3 de octubre Literatura Random House (CAST) y Edicions del Periscopi (CAT) publican Gente normal, la segunda novela del fenómeno literario Sally Rooney. En este vídeo os cuento qué me ha parecido este libro que ha arrasado en Reino Unido, siendo finalista del Man Booker Prize y ganando el Costa Book Award. ¿Será una decepción o será merecedora de todos los elogios que ha recibido?

  • Leer escuchando: Gent normal, de Manel.
  • Perfecta para: quien busca una historia de amor entretenida, pero también para quien busca una relación compleja y el retrato de una generación.
  • Me ha recordado a: Siempre el mismo día, de David Nicholls.

 

La soledad de la familia Buendía

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“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.”

Por fin me he atrevido a reseñar el libro más importante del Nobel colombiano Gabriel García Márquez. Cien años de soledad es además mi novela favorita.

¡Espero que os guste la reseña!

 

Souvenirs familiares

9788417115999_CORAZON QUE RIE_CONDE_RGB_900Es cuanto menos osado empezar a publicar a un escritor por su autobiografía. Poco o nada podemos encontrar de la escritora guadalupeña Maryse Condé en castellano, aun cuando se le ha otorgado el autoproclamado Premio Nobel Alternativo de Literatura (en sustitución del principal, suspendido por varias polémicas que vienen a demostrar que no es oro todo lo que es nórdico). Con un caramelo tan dulce como la palabra “Nobel” en la faja, lo raro habría sido que ningún editor hubiera corrido a traducir a esta autora que empezó a escribir en una edad tardía. Pero en vez de publicar su obra más aclamada (Segu), Impedimenta va y publica sus memorias de infancia, Corazón que ríe, corazón que llora. Parece como si la editorial, adoptando las maneras ceremoniosas de un convite formal, quisiera presentarnos a Condé antes de introducirnos a su literatura.

A través de esta lectura amena y fluida visitamos a cuentagotas diferentes recuerdos de la infancia de la menor de ocho hijos de una familia criolla de Guadalupe. Cuando Maryse nació sus padres ya eran mayores y sus hermanos ya eran adultos, así que creció en soledad en el seno de una gran família. Avispada y observadora, no tarda en detectar la incoherencia en la forma de proceder de sus padres, que sentían devoción por Francia, y esta patria idealizada, a su vez, no les correspondía debido al color de su piel. Con los primeros actos racistas que sufre, ella misma va tomando consciencia de su condición.

Condé discurre por el prólogo luminoso de su vida, cuyo futuro se intuye lleno de sufrimiento y oscuridad. De entre sus numerosos hermanos desdibujados destaca Sandrino, el más cercano en edad, cuyo carácter hipnótico no tarda en atrapar al lector. Sandrino es quien le dedica más tiempo a la pequeña Maryse y pronto se erige como su héroe personal; quien la guía y la lleva a plantearse las cosas que se plantea en cada momento.

Es una verdad universalmente conocida que el mayor riesgo de una autobiografía es la de aburrir al lector con datos y anécdotas que el autor, engañado por su propia subjetividad, cree relevantes y/o fascinantes. Maryse Condé parece haberse propuesto eludir esta trampa, quizás pecando de excesiva prudencia. Y es que estas memorias avanzan con una sencillez y una naturalidad tal, que uno se queda con la sensación de que se pasa superficialmente por personajes con evidente potencial (como la madre de la protagonista o su hermano Sandrino).

Se trata de un libro breve, poco más de ciento cincuenta páginas que, a través de cortos capítulos, se leen en una tarde. Se disfruta, pero también deja con ganas de más. Luego, a medida que pasan los días y recuerdas alguna escena, alguna reflexión o, en mi caso, a Sandrino, llegas a la conclusión de que quizás así es mejor, que quizás esos recuerdos esbozados son suficientes porque dejan ver mucho entre líneas. “Es una gramática construida por la imaginación“, tal y como asegura un personaje en mi lectura actual (la también amena novela de Alfonso Cruz, Los libros que devoraron a mi padre). Y, a fin de cuentas, ¿qué son los recuerdos si no esbozos que mezclan vivencias simplificadas y lagunas rellenas de imaginación?

Sin decepcionarme ni aburrirme pero asimismo sin desgarrarme ni fascinarme, guardo un buen recuerdo de estas memorias, que me han dejado con ganas de leer, ahora sí, alguna novela de Maryse Condé. Sólo falta que Impedimenta haga los deberes correspondientes.

El conquistador siempre pierde

The Moon is Down, de John Steinbeck

Actualmente descatalogado en castellano.

91Gh7Ayt07LImaginaos un pueblo de algún país europeo. Todos los vecinos se conocen y se administran de la misma manera desde tiempos inmemoriales. Un día soleado, un ejército extranjero, aprovechando la ausencia casual de las fuerzas locales, invade este pueblo de forma repentina. Cuando dichas fuerzas reaccionan ya es demasiado tarde: el pueblo ha quedado en manos del enemigo. Ahora, como lector, sientes la tentación de alejarte de esta localidad, abandonarla junto a los soldados que ya se retiran campo a través. Esperas asistir a los preparatorios del contraataque junto a ellos, seguir el curso de la guerra a escala nacional e internacional para, finalmente, seguir al héroe, individual o colectivo, que traerá la esperada liberación.

Pero espera, no te vayas, permanece en este silencio incómodo que va penetrando poco a poco en el pueblo. Ante los ojos incrédulos de los vecinos, los soldados se instalan rápidamente e instauran un nuevo orden. ¿Cómo reaccionará el pueblo cuando la incredulidad dé paso a la rabia? ¿El alcalde será leal a su pueblo o se alineará con el enemigo por miedo o ambición? ¿Se arrepentirá el traidor de haber colaborado con el ejército ocupante? ¿Cómo se sentirán los soldados cuando la población no los reciba bajo lluvias de flores, agradecidos apretones de manos y sonrisas de mujeres bellas, jóvenes y risueñas? ¿Cómo reaccionarán cuando descubran que la propaganda no estaba en lo cierto, que su Líder los ha mantido, que en realidad este pueblo, este país, nunca los ha esperado ansiosamente, nunca han anhelado ser invadidos? ¿Cómo huirán de esa soledad, de ese desengaño, de ese silencio inquietante, de esas miradas hostiles, de esa conspiración imperceptible pero constante como la puesta de la luna?

A través de esta narración breve, Steinbeck construye una historia ambigua, casi onírica, alrededor de la premisa de que los conquistadores siempre pierden. Tarde o temprano pierden. No hay otra salida, porque por muy autoritarios, intimidantes y amenazadores que se muestren, serán temidos y obedecidos, pero nunca serán bienvenidos, nunca serán aceptados ni queridos, nunca podrán dormir con la tranquilidad que brinda la calidez de un hogar. La inquietud de saberse rodeado por gente que los detesta y los quiere ver muertos los lleva a la locura, de vuelta a casa o ambas cosas. Cada capítulo se desarrolla íntegramente en una única escena, como las películas de la vieja escuela, y el lector sigue a todos los actores que participan en esta absurda obra de teatro que es la guerra. El pueblo es un solo cuerpo, una sola voluntad, un ente que se mueve lentamente, pacientemente y en silencio, pero coordinado, unido y seguro de sí mismo. Las novelas cortas de Steinbeck no me han fallado nunca, y The Moon is Down no es una excepción.

P.D. Se agradece el epílogo de la edición inglesa, que explica la popularidad que obtuvo como propaganda dirigida a los soldados que lucharon y perdieron la vida en la Segunda Guerra Mundial y en pos de la libertad de la que hoy todos gozamos.

  • Leer escuchando: Enemies Forever, de Anthony Weeden.
  • Perfecto para: quien quiera leer una novela breve, bien escrita y que invite a la reflexión sobre el sentido de las guerras, las invasiones y el autoritarismo.
  • Te gustará si te gustó: Suite francesa, de Irène Némirovsky.

La hostia necesaria

Correo literario, de Wisława Szymborska

Traducido por Abel Murcia y Katarzyna Moloniewicz.
Editado por Nórdica.

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Las lecciones más importantes de mi vida siempre han ido acompañadas de una buena hostia. No ya física, que también, sino intelectual. Una colleja de mi padre, un comentario de mi madre, un ridículo ante toda la clase, una pregunta o una respuesta que rompe mis esquemas, un rechazo, una derrota… Es duro. Duele. La primera reacción suele ser la indignación. La segunda el enfado. Pero cuando la rabia se apaga quedan las cenizas de la reflexión, de las que surge el fénix del aprendizaje. ¡Ojalá uno pudiera crecer sin vivir la humillación, el desengaño, el sufrimiento y la dolorosa crítica! ¡Ojalá fuera un camino de rosas, de perpetuo descenso y acariciado por una suave brisa de verano! Pero la sociedad actual ha confundido estos ojalás con la realidad y educa a sus hijos entre cojines, mimos y amables y dulces palabras. Y entonces el pajarito vuela y, al primer golpecito, cae desplomado al suelo. ¿No es acaso cruel y egoísta no prepararlo para el vuelo? Pregunto.

He tenido la fortuna de tener unos padres que han sabido combinar, con una naturalidad asombrosa, el cariño y la disciplina. Han sabido cuando animarme y cuando ponerme los pies en el suelo. Cuando le enseño a mi padre un texto del que me siento especialmente orgulloso lo lee con una atención puntillosa, casi obsesiva, en busca del mínimo error o imprecisión. Su crítica es feroz y a veces incluso hiriente. Hundido en mi desilusión, tardo en entender que si lo hace es sólo y exclusivamente para que mejore. Pero es fácil ver cómo hoy son mayoría la hueste de padres contrarios a los gritos y a la mínima crítica. Padres que no saben hacer otra cosa que felicitar a sus hijos para no desanimarlos, para verlos contentos y satisfechos de sí mismos. Esta epidemia se ha extendido al ámbito artístico y literario. Una crítica demasiado dura puede desalentar a un futuro Dickens, una crítica demasiado directa puede hacer que una potencial Woolf se desanime y tire la toalla. Di que no te ha convencido, ¡pero no que es un absoluto desastre! ¡Ni se te ocurra decir que es una mierda! ¡El respeto ante todo! De acuerdo. Pero, ¿y cuando el nivel de la bazofia supone una falta de respeto hacia el lector y su tiempo? ¿Acaso Dickens y Woolf no recibieron críticas despiadadas en su momento?

El conocimiento y el talento, aunque necesarios, no son suficientes para ser un buen escritor. A mi parecer, también es imprescindible cierta resistencia y constancia, no sólo en la rutina de trabajo, sino también ante ataques, críticas y contratiempos provenientes del exterior. Si criamos a nuestros escritores en un invernadero, produciremos escritores mediocres. Es mucho más conveniente forjarlos en la furia de la tormenta y de letales enjambres de dificultades y obstáculos.

Tal era la opinión de una tal Wisława Szymborska, poeta polaca que ganó el Premio Nobel de literatura en 1996. Desde un consultorio para escritores en la revista Vida Literaria, Symborska respondía anónimamente a las cartas, manuscritos y poemas que recibía de escritores debutantes. Correo literario recopila sus veredictos más mordaces. Acostumbrado a la corrección absoluta, empecé leyendo Correo literario entre el asombro y la incredulidad, tapándome con la mano la sonrisa que afloraba a mis labios y que me hacía sentir de alguna manera culpable. Pero cuando estaba leyendo la quinta respuesta pausé un momento la lectura y reflexioné sobre por qué me debía sentir mal por este baño de sangre del que era testigo. Todas las cartas que conforman este correo no son más que puñetazos que estos escritores necesitan como el aire que respiran. Si han escrito una mierda, ¡lo mejor que pueden hacer por ellos es decirles la verdad! Decirlo alto y claro: has escrito una mierda. Nadie les impide que abandonen su ambiciones literarias, nadie les prohíbe que lo vuelvan a intentar, nadie les impide que ignoren el golpe y persistan.

No he leído un solo poema de Szymborska, pero viendo la genialidad de su correo literario es fácil adivinar su maestría en terrenos más creativos. Sus respuestas, siempre argumentadas, están llenas de una ironía fascinante. Me reía a carcajadas. Lo admito, lo confieso, lo reconozco. Me he reído mucho. La misma risa tonta que me invade cuando veo vídeos de gente torpe cayendo al suelo o sufriendo planchazos en el agua. ¡Zasca, en toda la boca! Incluso me parecía escuchar entre líneas el Move Bitch de Ludacris.

Wisława no duda en ser cruel si la verdad lo es. No duda en, dado el caso, diagnosticar falta de talento, tan o más necesaria que la técnica. A veces dispara a matar. Algunos de los escritores que recibieron su metralla seguramente se desanimaron y abandonaron el oficio. Otros, estoy seguro, aprovecharon la hostia que efectivamente necesitaban para cambiar de rumbo, corregir, mejorar, crecer. Aunque lo ignoraban, la mano que les daba la colleja era la de una Premio Nobel, y una que sabía de lo que hablaba. El lector de Correo literario tiene la suerte de asistir a este sangriento curso de literatura sin que sea suya la sangre que corre. Sin duda debería ser una lectura obligatoria para cualquier persona que se quiera dedicar a la literatura. Es un destello de verdad en el océano de corrección hipócrita en el que estamos todos inmersos.

Los que nos dedicamos, por ocio o negocio, a reseñar, opinar y criticar lecturas podemos llegar a ser muy injustos. Somos personas y, como tales, a veces nos dejamos llevar por las emociones. La indignación o la incomprensión nos puede llevar a ser crueles. ¿Pero acaso somos los únicos? ¿Acaso las emociones no son propias de toda la raza humana y se da en todos los sectores e industrias que requieren la intervención de personas? ¿No es sano para un escritor que sufra injusticias? Yo creo que sí. De Shakespeare a García Márquez, todos los escritores recibieron malas críticas, algunas más justas que otras. Soy consciente que una obra literaria es, parafraseando a Rosa Maria Prats, “materia sensible” por el hecho de que en ella una persona ha depositado algo muy íntimo. Pero a partir del momento en el que el autor lo saca de su escritorio y se lo da a alguien -un editor, un amigo, una madre, un bloguero- de alguna manera deja de ser suyo y debe enfrentarse a las adversidades del mundo. Y tiene que ser así. Seguramente el método de la hostia necesaria hará que nos perdamos muchas obras buenas que no sobrevivirán su brutalidad, pero también nos ahorrará montañas de literatura mediocre.

También te puede interesar:

  • Como no escribir una novela, de Howard Mittelmark y Sandra Newman.
  • Cartas a un joven novelista, de Mario Vargas Llosa.

Caca, culo, pedo, pis

Reseña: Trainspotting, de Irvine Welsh.

Traducido por Federico Corriente Basús y editado por Anagrama.

El otro día, a raíz del último premio Herralde, hablaba con Sra. Bibliotecaria sobre cómo cosechan un éxito inmediato y fulgurante las novelas irreverentes, descaradas, soeces y vulgares.

Seguramente lo mejor de la literatura es que tiene espacio para todos los estilos y nunca se ha llevado bien con las limitaciones impuestas, tanto en el fondo como en la forma, por gobiernos, religiones o críticos. ¿Acaso no tuvieron que enfrentarse genios de las letras como Flaubert, Nabókov, Lawrence o Wilde al reproche social o incluso a la censura? ¿Acaso no tuvo que esconderse Caterina Albert o las hermanas Brontë tras sus respectivos pseudónimos masculinos? ¿Acaso no tuvo que permanecer en el anonimato el autor (o la autora) de Lazarillo de Tormes? Y aun así hoy son clásicos imprescindibles, leídos, estudiados y admirados. No, la literatura nunca ha sabido amoldarse a ningunas normas, a ningunos principios, a ningún límite. Se desliza entre los dedos fríos de leyes, reglamentos, edictos y decretos, a cada cual más inútil a la hora de frenar o encarcelarla.

Pero últimamente parece que una novela, por el simple hecho de ahondar en la miseria escatológica y repetir como un disco rallado insultos y palabras como “coño”, “polla”, “corrida” y “paja”, ya son revolucionarias y obras maestras indiscutibles. Pero si un estilo así de insolente y vulgar no va acompañado de un buen trasfondo que lo justifique y lo complemente (como es el caso de Permagel), la historia queda vacía y el estilo tiende a volverse irritante. El último premio Herralde parece ser el caso y, para mí, Trainspotting es otro ejemplo -quizás el paradigma- de este triste fenómeno.

Todo el mundo me miraba con una mezcla de extrañeza y compasión cuando les descubría que no había leído aún la obra mestra del escritor escocés Irvine Welsh. “¿Ni la película?” Ni la película. “¿Pero cómo puede ser?” Y la cansina conversación solía desembocar en mi promesa abstracta de leerlo “lo antes posible“. Pero de repente decidí hacer honor a mi promesa. No preguntéis, no me entiendo ni yo mismo. El resultado es un mullido sillón para Trainspotting en la clasificación de mis peores lecturas del año 2018 y un mareo que aún arrastro a día de hoy.

Trainspotting nos acerca a un grupo de jóvenes escoceses que, si se me permite adoptar de forma puntual la vulgaridad propia de la novela, están con la mierda hasta las cejas. Los protagonistas parecen estar en contínua y aferrizada competición para ver quién tocará más fondo en las arenas movedizas de la miseria, las drogas, el sida, la violencia, la inmundicia y la bajeza moral.

Welsh supuso que la mejor manera de introducir a la historia a su indefenso lector es echándole encima una batería infinita de personajes, a cada cual más grotesco: Spud, Sick Boy, Mark, Begbie, Tommy, Davie, Rab, Nina… Pero el nombre real de Sick Boy es Simon, el de Spud Daniel y Begbie Francis. O Franco. El adicto a cualquier tipo de droga era Spud. ¿O no? Recuerdo que Sick Boy era el que mataría a sus padres por un polvo. ¿Acaso no tendría más sentido que este apodo fuera para el drogadicto? Pues no. Por cierto, ¿quién era el violento? No lo sé. De la misma manera que no sé por qué nos presenta a Nina, una prima de alguno de los anteriores que poco o nada aporta a la historia. ¿Por qué salta de un personaje a otro sin ton ni son? Si la confusión, la desorientación e incluso el mareo era el efecto buscado, hay que felicitar a Irvine.

Sentirse perdido en una historia no es nada agradable. Una de las consecuencias naturales de esta sensación es no desarrollar ningún tipo de empatía con ninguno de los personajes. Sin embargo, creo que, en este caso, la falta de empatía e incluso interés por los personajes es mérito de los propios personajes. ¡Cómo me habría gustado conocer a la persona que hay detrás de este animal ansioso de droga! ¡Cómo me habría gustado acercarme a sus miedos, a su sufrimiento, a su melancolía, a su humanidad! Pero Irvine considera más importante que asistamos a escenas dignas de Aquí no hay quien viva con su toque escatológico. Exhibe a sus protagonistas en su absuridad como se exhibe un elefante equilibrista en un circo. Sin ninguna dirección, sin ninguna conclusión, sin ningún propósito más allá del morbo. ¡Contempla cómo se bañan en una piscina de sangre, semen, mierda, alcohol, orina y cocaína! Qué divertido, ¿verdad? Pues no. No es divertido. Es aqueroso, y no tengo ningún problema en sentir asco si es con algún objetivo; si es para comprender algo más allá del propio asco. Pero Trainspotting no ofrece nada más allá de este circo de ignominia.

Empiezo a ver la película y, aunque es algo mejor que la novela (desde el famoso monólogo inicial se hace patente la labor de Danny Boyle para dotarla de cierta profundidad), no la termino. Me entero de que Irvine Welsh ha ido escribiendo muchas más novelas sobre los mismos antihéroes que protagonizan Trainspotting. Más de veinte años dura ya la broma. Realmente la fórmula “caca, culo, pedo, pis” da mucho de sí.

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