Las mentiras de los adultos

Uno de los momentos más vertiginosos de la vida de una persona es la adolescencia, esa etapa en la que se deja atrás la infancia y los cambios se multiplican: el cuerpo se transforma, aparece el deseo sexual, la emoción y el miedo de perder la virginidad, el horizonte de las posibilidades se expande, descubrimos mentiras construidas para sostener nuestra felicidad infantil y los padres dejan de ser aquellos dioses perfectos y omnipotentes, sus defectos se hacen visibles e, inevitablemente, se vuelven tan humanos como nosotros. En medio de estas turbulencias de inseguridades, la opinión que tienen los demás de nosotros puede determinar fácilmente la visión que tenemos de nosotros mismos, puede dibujar la imagen que nos devuelve el espejo cuando nos observamos.


Un día Giovanna, la protagonista de la última novela de Elena Ferrante, La vida mentirosa de los adultos, oye cómo su padre dice que cada día se está volviendo más fea. Esta revelación no es literal, su padre en realidad dice que cada día se parece más a la tía Vittoria, que en la familia representa todo lo que es negativo, pernicioso, egoísta y desagradable. En la imaginación de Giovanna, recogiendo las medias palabras, los susurros, las miradas elocuentes y los gestos disimulados de sus padres, la tía Vittoria es un monstruo, una especie de ogro malévolo. La afirmación de su padre pone punto final a su infancia y determinará su paso por una adolescencia marcada por el anhelo de conocer a su tía y descubrir así si es cierto que se parecen. En este camino penetrará en el mundo lleno de mentiras de los adultos e intentará adaptarse y sobrevivir en él.


Los fans de Ferrante, los que leímos febrilmente su tetralogía de las dos amigas, hacía tiempo que esperábamos impacientemente esta novela. Aunque comparten el escenario de la ciudad de Nápoles, esta vez sitúa la historia en sus barrios altos y acomodados, decisión necesaria para que su protagonista pase por este desengaño que es el núcleo de la novela. Lila y Lenù, las protagonistas de su tetralogía, crecían en los barrios pobres de Nápoles, su vida es una carrera de obstáculos. En cambio, Giovanna ha vivido una infancia idílica, sin preocupaciones, con una educación garantizada y el acompañamiento de unos padres cultos, abiertos y afectuosos. Este edén se hunde cuando Giovanna descubre las mentiras que lo hacían posible, cuando descubre que sus padres también son humanos, tienen debilidades y cometen errores, cuando descubre la realidad más allá de los barrios ricos, donde le espera el misterio de la tía Vittoria.


Ferrante sigue fiel a su estilo desprovisto de florituras, aparentemente sencillo pero en realidad medido al milímetro para transmitir personajes, relaciones y emociones muy complejas sin sacrificar la acción trepidante que, combinada con unos capítulos muy breves, hace que el lector no pueda dejar de leer. Si el epicentro de la tetralogía que la convirtió en un fenómeno literario global era la amistad entre dos mujeres que se movía entre la lealtad y la rivalidad, esta vez recorre la adolescencia de una chica que ve como su mundo y todo en lo que creía se derrumba e intenta sobrevivir. Otra reflexión recurrente a lo largo de la historia es cómo nos llega a influenciar lo que los demás dicen de nosotros. Cuando Giovanna oye a su padre decir que cada día se parece más a la tía Vittoria se siente fea, despreciable, asquerosa, ni siquiera entiende cómo algún chico puede sentirse atraído por ella. Aunque nunca deja de intentar liberarse del estigma de su fealdad, las palabras de su padre y de tantos otros personajes le pesan como una maldición. La protagonista intenta desesperadamente no depender de la opinión de terceros a la hora de valorarse y apreciarse a sí misma, y ​​curiosamente relaciona esta vulnerabilidad con su virginidad, que, más que como un tesoro a preservar, también le parece una carga insoportable.


Cualquier escritor habría caído en la tentación de dibujarnos una protagonista perfecta, víctima de las mentiras de los adultos, del machismo arraigado en la sociedad, de la soledad y la incomprensión. Elena Ferrante no. De hecho, insiste en retratar la cara menos bonita de la adolescencia femenina. Giovanna es impulsiva, a menudo actúa de manera egoísta, injusta y letal, no sabe cómo manejar su rabia, su ira, comete errores y no es consciente de la influencia que tiene en los demás. El deseo sexual carente de romanticismo es un tema muy gastado en literatura cuando se trata de un protagonista masculino, pero escasean protagonistas adolescentes y femeninas con tanta verdad y humanidad como Giovanna. A Ferrante no le da miedo nada, pasa por temas como la homosexualidad y la masturbación sin sacrificar temas más clásicos como la idealización del primer amor y la desorientación típica de la adolescencia, que deja las decisiones más en manos de la intuición que de la razón.


Con un final tan abierto que presagia secuela, La vida mentirosa de los adultos es una novela que, con el más puro e intenso estilo de Elena Ferrante, explora nuevas coordenadas de la vida humana. La adolescencia, el sexo, las lágrimas, la amistad, los silencios, el amor, la vulnerabilidad y las mentiras son bañadas en oro para formar los eslabones de la pulsera que los personajes de esta historia adoran y detestan la vez.

Artículo original en catalán (Les mentides dels adults) – El Periòdic d’Andorra (16 de octubre de 2020).

La grandeza de la gente pequeña

Hace unas semanas, haciendo el Book Tag del New York Times, tuve que responder a la pregunta de qué libro recomendaría al presidente de mi país. No lo dudé. Si pudiera recomendar una novela al Cap de Govern de Andorra sería El Hobbit, de J.R.R. Tolkien.


Desde el pasado mes de agosto en Macondo Club Literario estamos haciendo un largo viaje por la Tierra Media. Poder leer El Hobbit seguido de los tres volúmenes de El Señor de los Anillos en meses alternos tiene la ventaja de evitar la saturación que conllevaría leer más de 1.500 páginas seguidas sin renunciar a vivir toda la historia de manera unitaria, como si se tratara de un solo viaje. Si a estos cuatro libros que forman parte de la lectura conjunta que hemos organizado añadimos El Silmarillion y tantos cuentos incompletos, borradores y árboles genealógicos a cuya organización y armonización Christopher Tolkien -el hijo y albacea literario de Tolkien- consagró su vida, el resultado es una de los lugares fantásticos más complejos y coherentes de la literatura universal.


Tolkien lo empezó a crear con los escritos que conforman El Silmarillion, una serie de leyendas sobre los Tiempos Antiguos y las Grandes Guerras de la Tierra Media. Sin duda se trata de la lectura más exigente de Tolkien, pues cada frase contiene una trascendencia y una carga de información, de nombres propios y heroísmos que puede recordar fácilmente al tono homérico o bíblico. Sin embargo, un día, cuando sus hijos le pedían que les contara un cuento, decidió abandonar las leyendas de las grandes figuras que articulan desde las alturas divinas la historia de aquella tierra imaginaria para aterrizar y explorarla desde una vida tan anónima e intrascendente como la de un hobbit. A Bilbo, como buen hobbit de la idílica Comarca, no le gustan las aventuras, «cosas desagradables, molestas e incómodas que retrasan la cena». Pero con la sabiduría -hoy diríamos inteligencia emocional- que sólo un mago como Gandalf puede tener, acaba inmerso en una aventura sin precedentes para ayudar a unos enanos a recuperar su castillo subterráneo (junto con el tesoro que guarda) de un peligroso dragón.


A través de los ojos inocentes de Bilbo, y por vez primera, Tolkien tocó, olió, recorrió aquellas tierras con tanta historia detrás, con tantas capas y cicatrices. Fue tal el éxito de este cuento infantil que la editorial no tardó en presionarlo para que escribiera secuelas con más aventuras de Bilbo. No obstante, para Tolkien era extremadamente importante que todo lo que sucediera en su amada Tierra Media estuviera dotado de una coherencia impoluta y así fue cómo decidió jubilar a Bilbo y, a través de un anillo mágico que encuentra durante sus aventuras en El Hobbit, crear una nueva aventura protagonizada por su sobrino Frodo. El Señor de los Anillos es un buen ejemplo de cómo un libro no pertenece a su autor. Tolkien lo empezó a escribir con la idea de que fuera un libro breve e infantil y terminó siendo un libro de fantasía adulta de más de 1.200 páginas. Aceptó la exigencia del editor de dividirlo en tres volúmenes a regañadientes y, seguramente, si no hubiese sido por la escasez de papel para la guerra, nunca habría accedido.


No lo dudé ni un segundo. Si tuviera que recomendar un libro al Cap de Govern sería El Hobbit. Y no por toda esta complejidad narrativa que he intentado esbozar en los párrafos precedentes, sino por uno de los mensajes que comparten El Hobbit y El Señor de los Anillos: cómo, a veces, la gente pequeña, las personas que parecen intrascendentes, pueden cambiar la historia del mundo. Tolkien tenía muy claro este mensaje: fue la lección que extrajo de sus vivencias en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Y realmente al principio nadie cree en la valía de Bilbo, que no sabe (ni quiere saber) qué hay más allá de las colinas de la Comarca. De hecho, ni el mismo Bilbo cree en su propia valía. Una vez sale de su casa descubre que el mundo es muy grande, descubre que hay grandes y poderosos reinos, otras costumbres, otras maneras de vivir. En su viaje, aunque siempre tiene presente de donde viene y el anhelo de regresar, encuentra su propio coraje y salva a sus compañeros de mil peligros. Son muchos los personajes que ni siquiera saben de la existencia de los hobbits, ya que estos rara vez salen de las fronteras de su pacífica región. Muchas son las bestias que no conocen su olor y precisamente eso es lo que hace posible que Bilbo se salga repetidamente con la suya y sirva de mediador neutral entre razas y reinos enemistados por sus ambiciones y estrategias geopolíticas.


Andorra es Bilbo Bolsón y los tiempos actuales nos obligan a mirar hacia fuera, más allá de las montañas de nuestra querida Comarca. Salir, aprender y encontrar nuestro lugar en el panorama internacional. Explorar cómo, desde nuestra pequeñez, podemos contribuir en un mundo más polarizado que nunca, cómo, desde nuestra neutralidad esencial, podemos contribuir a empujar la humanidad hacia el amanecer de días mejores. Demostrar, en definitiva, la necesidad de los países pequeños en un mundo tan grande.

Andorra la Vella

Artículo original en catalán (La importància de la gent petita) – El Periòdic d’Andorra (2 de octubre de 2020).

Bots escritores y editores algorítmicos

Cada vez es menos raro encontrarse titulares que anuncian nuevas proezas realizadas por los robots, que desarrollan su inteligencia artificial a un ritmo trepidante. Es fácil intuir el monstruo que están creando los algoritmos y las constantes aportaciones que día a día realizamos los humanos a este fondo común que es internet. Los asistentes de voz como Siri o Alexa bromean, un robot llamado GPT-3 ha escrito un artículo entero para The Guardian, ya hay profesores autómatas enseñando en algunas aulas, androides abogados creando estrategias legales de defensa y los códigos ya tocan con la punta de los dedos la conquista de las emociones y los sentimientos humanos.

En este contexto no debería sorprendernos que los robots penetren en los vastos campos del arte literario. Lo que tal vez ha impactado es que ya ganen premios. Recientemente Espasa tuvo que demostrar que el último ganador de su premio de poesía -el «Premio Espasa» – no era un bot (que no deja de ser un robot sin cuerpo mecánico, un programa inteligente que se mueve por la red) . Las sospechas no carecían de fundamento: el ganador, el venezolano Rafael Cabaliere, era un total desconocido por todo el mundo, solo existía una borrosa fotografía suya, su contenido se limita a la publicación constante de poemas y tiene miles de seguidores en sus redes sociales.

¿Puede un bot generar propiedad intelectual propia y ganar los 20.000 euros con el que está dotado este premio de poesía o debería ser el hacker que lo ha creado el beneficiado? Esta y otras preguntas se quedarán sin resolver porque finalmente Rafael demostró que era de carne y hueso grabándose en un vídeo, aunque su falta de expresividad, que podía recordar a la de Mark Zuckerberg compareciendo ante el Congreso de los Estados Unidos, ha hecho que mucha gente siga creyendo que se trata de un robot. Sin embargo, el hecho de que pueda haber sospechas de que el ganador de un premio literario pueda ser un bot ha abierto el debate de hacia dónde vamos. ¿Podrán los robots sustituir e incluso mejorar algo tan intrínsecamente humano como el arte? ¿Quedaremos los humanos relegados a una versión obsoleta de nosotros mismos, eclipsada por una inteligencia con la experiencia y la prudencia de un anciano y la pasión y la energía de un joven, con la creatividad de mil cerebros, capaz de hablar todos los idiomas, saberlo y sentirlo todo?

Foto de perfil de Rafael Cabaliere

Extinguido el fuego de las sospechas de un bot siendo ganador de un premio de poesía, Espasa se tuvo que enfrentar al siguiente debate: en estos tiempos de hegemonía de las redes sociales y el consumismo desbocado, ¿las editoriales están dando la espalda a la calidad literaria para abrazar el número de seguidores de sus autores? Es innegable que actualmente, si cuentas con un número de seguidores elevado y un elevado grado de influencia sobre ellos, eres una mina de oro. Y las editoriales lo saben. Rafael Cabaliere tiene casi novecientos mil seguidores y cada uno de sus poemas tienen una gran difusión a través de miles de retuits de usuarios (o compis bots, ¿quién sabe?). Sin embargo, es evidente que la calidad de sus poemas deja mucho que desear y no son pocas las voces que lo acusan directamente de plagio.

Este debate no es nuevo y se vuelve a abrir con la publicación de cada nuevo libro escrito por un influencer o youtuber con miles de suscriptores. Tampoco es un tema inédito en relación con los premios literarios, que al final no dejan de reflejar la realidad de las prácticas de una industria editorial que no es diferente a otras industrias en cuanto a su objetivo final: el de ganar dinero a toda costa. A nadie se le escapa que los más de trescientos mil seguidores de la joven Elvira Sastre tienen algo que ver con el hecho de que ganara un premio tan prestigioso como el Premio Biblioteca Breve. Una de las primeras preguntas que actualmente hacen la mayoría de editores y agentes literarios a los escritores nerviosos que les entregan el manuscrito en el que han depositado su alma e incontables horas de trabajo, es precisamente su número de seguidores. Se apuntan la cifra en un rincón de la primera página del manuscrito y esta cifra pesará mucho más que la complejidad de sus personajes o la calidad de la narración.

Los dos debates que ha abierto el Premio Espasa de este año me parecen dos caras de la misma moneda. Robots escribiendo como si fueran humanos, humanos editando como si fueran robots. Pero ante estos vientos fríos que vienen del Premio Espasa y que parecen augurar un futuro turbulento, soy optimista. Optimista y naíf, si queréis. Creo que los robots, con todos sus algoritmos precisos y códigos exhaustivos, nunca podrán conquistar más que la apariencia, la superficie, la costra de nuestra esencia impenetrable, de nuestro inescrutable misterio: el universo de los sentimientos y las emociones humanas. Y, ante estas prácticas editoriales tan rentables como deshonestas, siempre habrá editores que defenderán el oficio de la edición como arte y lucha, resistencia y rebelión, y no como un simple algoritmo que traduzca la cifra de seguidores de un autor en ventas potenciales.

Artículo original en catalán (Bots escriptors i editors algorítmics) – El Periòdic d’Andorra (18 de septiembre de 2020).

Los últimos veranos

Este ha sido un verano atípico; se ha limitado el aforo de las playas, las mascarillas condenan a un gélido anonimato y no todo el mundo se ha podido permitir la tan necesitada desconexión debido a la situación provocada por la irrupción del coronavirus. Por mi parte, estos días estoy especialmente pensativo y nostálgico de los veranos inmortales de la adolescencia, cuando las preocupaciones no tenían cabida en un paraíso conformado de arena suave, mar salada, sangría barata y risas cerca de una hoguera. La estación durante la que más he crecido, cambiado y aprendido en la vida ha sido sin duda el verano. Por esto me gustaría recomendaros cuatro novelas cortas, dos francesas y dos italianas, que retratan en un verano el final de la niñez y el amanecer de la vida adulta.

Una transición más suave es la que vive Phillipe, el protagonista de El trigo tierno, de Colette. Él y Vinca se han encontrado todas las vacaciones de verano desde que tienen memoria. Son hijos de dos familias que comparten casa en un idílico pueblo de la Bretaña francesa. Han crecido juntos bañándose en el mar, haciendo excursiones, picnics, pescando, corriendo y jugando. Sin embargo, algo cambia en el verano que inmortaliza esta novela corta. Ya no se tratan de la misma forma inocente, por primera vez se observan los cuerpos mojados con una sensación nueva que ellos aún no le saben poner nombre pero que no es otra cosa que atracción. El encuentro de Phillipe con una mujer que lo introducirá en el mundo de los adultos acaba de desordenar unas vacaciones que cambiarán la vida de sus protagonistas para siempre. En unas pocas páginas Colette crea un entorno paradisíaco que conjuga a la perfección con los personajes llenos de vida que se descubren a sí mismos.

Una de las novelas que más se me han quedado grabadas en este sentido es la de Agostino, de Alberto Moravia. Agostino es un chico de trece años que pasa los veranos con su madre en un pequeño pueblo costero, donde cada día toman el sol y se bañan en la playa o salen a navegar. Agostino se considera el chico más afortunado del mundo junto a su cariñosa y bella madre, pero todo cambia el día que en la playa se acerca un atractivo joven y empieza a hablar con ella. A partir de ese momento, su madre parece estar siempre pendiente de este joven y, cuando están juntos, se convierte en otra persona. Agostino, hastiado por esta situación, se aleja de ella y comienza a frecuentar un grupo de chicos de clase humilde del pueblo. Con ellos descubre un mundo nuevo más complicado que el suyo pero que, curiosamente, le atrae. Un mundo donde se fuma, donde corren las burlas, las mentiras y los puñetazos, donde tienes que espabilarte y donde las mujeres como su madre son objeto de deseo. Leí Agostino en un solo día, me atrapó desde la primera página pero no lo he olvidado nunca. La recuerdo, no como una lectura, sino como una experiencia, como un verano que me es propio, como si la hubiera vivido en primera persona.

Bonjour, tristesse.

La que podría asesorar muy bien tanto a Agostino como a Phillipe en los misterios del placer es Cécile, de Buenos días, tristeza, de Françoise Sagan, y es que cada verano su padre, un viudo atractivo, exitoso y mujeriego, la recoge y se van a pasarlo bien en la costa. Cécile ha crecido en esta libertad veraniega sin horarios ni normas, en las tertulias disolutas de las amistades de su padre y con la compañía de sus novias pasajeras. Pero todo cambia el verano en el que aterriza en su vida una amiga de su difunta madre, que empieza a implantar orden en la rutina familiar, que le impone obligaciones y le limita las libertades a Cécile, que no dudará en contraatacar. El desenlace de esta novela es la joya de una historia inolvidable que, también en muy pocas páginas, incide en las complejas relaciones entre sus personajes.

Con mi última lectura, El bello verano, de Cesare Pavese, he vuelto a vivir esta etapa de crecimiento desde una perspectiva femenina. La protagonista de esta novelita es Gini, una huérfana de 16 años que se enamora perdidamente de un pintor. Con el Piamonte de los años sesenta de fondo, desde su primera frase («En aquellos tiempos, siempre era fiesta») ya evoca la nostalgia de un pasado luminoso, de aquellos veranos inmortales de los primeros amores, aquellos que no se olvidan nunca, aquellos que, cuando los recordamos una vez el tiempo y las preocupaciones nos han erosionado la mirada y nos han arrugado la piel y el corazón, se nos escapa una sonrisa involuntaria.

¿Es casualidad que estas cuatro historias, desde perspectivas diferentes y con sus respectivos matices, retraten el final de la inocencia infantil durante un verano? Yo no lo creo. Se intuye en sus desenlaces la inminencia del otoño, que simboliza la vida adulta. Pero en estas novelas se inmortaliza el último verano de la infancia, el verano extraño donde todo empieza a tambalearse, donde los juegos que tantas horas nos habían divertido de pronto se vuelven vacuos como conchas vacías en la orilla del mar, donde descubrimos nuevos caminos en los paisajes y cuerpos que creemos conocer tan bien, donde nos sorprenden nuevas sensaciones, nuevos sentimientos, nuevos deseos que explorar.

Artículo original en catalán (Els últims estius) – El Periòdic d’Andorra (21 de agosto de 2020).

Solo los muertos caminan hacia atrás

Es una verdad universalmente conocida que la mayoría de los problemas y conflictos nacen de la ignorancia y, si algo aporta la literatura, no es conocimientos propiamente, sino empatía (causa) y tolerancia (efecto). Es por ello que, ante las manifestaciones de Black Lives Matter en respuesta al asesinato de George Floyd en manos de la policía estadounidense, decidí organizar el Black History July, una iniciativa lectora en internet que se propone dedicar todo el mes de julio a leer y difundir libros -sean de ficción o no- escritos por autores y autoras negros.


Tomé el nombre del Black History Month, que es una celebración anglosajona que encuentra su origen en los años veinte y su razón de ser en la perentoria necesidad de recuperar la historia de la comunidad afrodescendiente durante demasiado tiempo maquillada, ultrajada y enterrada por intereses económicos e ideologías racistas. A lo largo del Black History Month, que se celebra durante el mes de febrero en Estados Unidos y Canadá y durante el mes de octubre en Reino Unido, Irlanda y Países Bajos, se organizan eventos, actividades y conferencias para recordar, entre otras cosas, las más de sesenta millones de víctimas del comercio atlántico de esclavos (recordar que el holocausto nazi tuvo once millones de víctimas).


En estas circunstancias, me gustaba ver en el Black History July, no solo una iniciativa lectora para ampliar nuestros horizontes explorando la literatura de una minoría racial en el panorama editorial, sino también un acto de protesta activa de los lectores, un mensaje inequívoco de apoyo y una disposición clara de escuchar e intentar comprender todas estas voces largamente silenciadas. Para mi sorpresa, la iniciativa ha sido todo un éxito. A lo largo de todo el mes de julio cientos de lectores han compartido a través de las redes sociales que tenían al alcance sus impresiones de los libros que iban leyendo y sus recomendaciones literarias para la iniciativa. Ahora que ya se ha acabado, ha sido unánime la sensación de haber aprendido mucho durante estos 31 días de inmersión lectora sobre la realidad pasada y actual de la comunidad negra.


Mi propio viaje literario, conformado de seis lecturas, ha sido inolvidable. Con Me alegraría de otra muerte, de Chinua Achebe, he sentido el vacío del desarraigo y la mirada atenta del buitre de la corrupción, esperando el momento idóneo para atacar a su víctima, que a la vez es víctima también del choque violento entre las costumbres ancestrales de su pueblo y las del occidente. He relativizado un clásico juvenil y he analizado los problemas de Nigeria a través del ensayo An Image of Africa, del mismo Achebe. Me he dejado arrebatar el pelo, el acento, el nombre y la dignidad para conseguir un trabajo precario en los Estados Unidos con Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie. He ido a una cárcel a recoger a mi padre, que salía en libertad, mientras me perseguían los cantos insistentes de los muertos que necesitan respuestas en La canción de los vivos y los muertos, de Jesmyn Ward. Con El bebedor de vino de palma, de Amos Tutuola, me he enfrentado a calaveras que alquilan partes del cuerpo para adquirir una apariencia cautivadora y a la misma muerte y, finalmente, he deseado con todas mis fuerzas tener unos ojos azules que, con su belleza, deslumbre los días de insondable oscuridad y melancolía en Ojos azules, de Toni Morrison.


Sin duda el protagonista más vivaracho de este viaje ha sido el bebedor de vino de palma, que se dirige tan contento a la Ciudad de los Muertos para resucitar a su sangrador de vino de palma, que le procuraba los mejores vinos antes de perder la vida en un desgraciado accidente. Tras vivir mil aventuras llega al remoto pueblo de los muertos para descubrir que es imposible llevar a su sangrador de vino de palma a un pueblo de vivos porque los muertos tienen un modus operandi inconciliable con el de los vivos. Por ejemplo, caminan hacia atrás. Se repite esta idea, aunque no de manera tan literal, en obras como La canción de los vivos y los muertos, de Jesmyn Ward, o Beloved, la obra maestra de la Nobel de literatura Toni Morrison, historias en las que la voz suplicante o airada de los muertos es un peso que empuja hacia las oscuras profundidades del pasado a los vivos, que intentan desesperadamente nadar como pueden hacia el futuro incierto de la superficie para no morir ahogados.


Mientras leía, sentía como las diferentes historias iban encajando como fragmentos de una única realidad; la de los negros caminando adelante, recorriendo océanos, sabanas y carreteras infinitas buscando tranquilidad, igualdad, prosperidad, vida. He vivido las seis lecturas que han conformado mi Black History July como una única odisea polifacética y esta experiencia me ha ayudado a comprender aún más las actuales manifestaciones de vivos que caminan adelante, gritando que quieren seguir viviendo, que sus vidas y sus futuros importan, repitiendo las últimas palabras de George Floyd: «no puedo respirar, no puedo respirar». Intentando hacer lo que, en definitiva, es responsabilidad de los vivos hacer; caminar adelante. Solo los muertos caminan hacia atrás.

Artículo original en catalán (Només els morts caminen cap enrere) – El Periòdic d’Andorra (8 de agosto de 2020).

Matar a la abuela

Recientemente algunos escritores tan importantes como J.K. Rowling, Margaret Atwood, Mario Vargas Llosa o Salman Rushdie han firmado un manifiesto que denuncia el supremacismo moral -supuestamente progresista pero absolutamente radical e intolerante- que se ha apoderado de los medios y del debate público. El manifiesto critica el uso perverso de causas justas contra lacras sociales como el machismo o el racismo para estigmatizar a personas que opinan sin adoptar una corrección política intransigente. Y es que la cultura de la cancelación (es decir, cancelar a una persona por una opinión) no deja de ser una cultura de intolerancia acomplejada.

Las redes sociales y la libertad de expresión nos deberían haber llevado a una época dorada del pensamiento pero, en cambio, la intolerancia y el pánico de ser acusado de machista, terf, homófobo, racista, xenófobo, fascista (etc.) nos han llevado a una autocensura inquisitorial. Todo movimiento social que legítimamente busca valores tan positivos como la justicia, el progreso o la igualdad se pervierte al convertirse en una especie de carrera de radicalidad dogmática, en la invención de un insulto para todo aquel que no convenga con la totalidad de su dogma.

Como no puede ser de otra manera, este fenómeno afecta a la cultura. Una muestra de ello la encontramos en la retirada por parte de HBO de Lo que el viento se llevó de su catálogo de películas por el racismo que exhibe. ¿Pero acaso no existía racismo en el momento histórico que recrea? Claro que existía, el problema es que la película no lo critica de forma suficientemente explícita. Es decir, comete el error de representar la realidad de ese momento tal y como era, sin incluir juicio ni nota aclaratoria condenando el racismo. Y todo aquel que compite en la inclemente carrera del anti-racismo no se puede permitir ver una película sin que los esclavistas aparezcan como seres perversos, despiadados y deshumanizados. Es irónico que la misma persona que lucha cada día contra el racismo a golpe de tuit no sepa ver la vida más allá de blancos y negros, buenos y malos, y dé descaradamente la espalda a la realidad, que se conforma de grises. El purista contemporáneo no sabe disfrutar de una historia sin que contenga un juicio moral que se adecúe a su intolerancia vehemente.

Esto se traduce en una literatura teñida de este moralismo tan aburrido más típico de la literatura infantil que de la adulta. Ningún autor ni ninguna editorial se quiere arriesgar a ser acusado de algo grave que termine en ista y que, para más inri, no representa lo que es ni lo que piensa. Pero es lo que pasa cuando te quedas atrás en la carrera moralista: el premio para los perdedores es un ista seguido de una lapidación de la que uno no se levanta jamás. Cuando era pequeño, huyendo de esta tendencia catequista, fui a parar a La maravillosa medicina de Jorge, de Roald Dahl. En esta historia, Jorge vierte peligrosos ingredientes en la medicina de su amargada abuela para acabar con ella. Es de las primeras historias que recuerdo haber disfrutado porque, por primera vez, tenía la sensación de estar leyendo un libro por el simple placer de leer, y no con el fin de aprender algo o de asumir valor alguno. Espero que no se haga necesario aclarar que, como resultado, no intenté envenenar a mi abuela.

Tenemos que cancelar a Scott Card por homófobo, a Pablo Neruda por violador, a J.K. Rowling por tránsfoba, a Roald Dahl por antisemita, a Mario Vargas Llosa por fascista y a Gabriel García Márquez por comunista. Cada vez oigo más voces acusando a un libro de falta de diversidad en los personajes, de no representar correctamente a un colectivo, de no denunciar claramente, a través de los personajes o del desenlace, lo que sea que tenga que denunciar en cada momento. Y los ista con que se estigmatizan a los personajes se extienden automáticamente al desgraciado escritor que hay detrás. Esta obsesión supuestamente progresista (pero que de progresista no tiene nada) no sólo afecta a la literatura actual, sino que se siente lo suficientemente fuerte en su impenetrable supremacismo moral como para empezar la ofensiva contra la literatura pasada, juzgándola desde unos valores completamente ajenos a la época en que fue escrita. Sin ir más lejos, he oído tachar El Señor de los Anillos de racista por la discriminación de razas como los orcos, así como machista por su evidente minoría de personajes femeninos. Chinua Achebe acusó a El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, de ser una obra racista por el retrato que hace de las culturas preexistentes en el Congo. Sin embargo, lo que hizo Conrad es transmitir cómo percibían la realidad los colonizadores. Ahora sabemos que, como todo punto de vista, era una perspectiva parcial, influenciada, simplista, ignorante, equivocada en tantos aspectos como queráis. Pero la literatura siempre debe aportar este tipo de visiones subjetivas, y no un estudio detallado e imparcial de 360 grados digno de una tesis doctoral. Que otro libro me explique la visión alternativa, la de esas sociedades colonizadas, a través de otra historia con un punto de vista tan parcial, influenciado, simplista, ignorante y equivocado como el de los colonizadores (en este sentido, Todo se desmorona, del mismo Chinua Achebe, es una excelente opción).

El lector no es estúpido; sabe pensar por sí mismo. No necesita que le edulcoren la realidad, no se volverá racista por leer la obra maestra de Margaret Mitchell ni pederasta por leer la de Vladimir Nabókov. La buena literatura aporta nuevas perspectivas que inevitablemente fomentan la tolerancia, en ningún caso un juicio exhaustivo que pretenda educar al lector en un dogma, darle masticada la respuesta considerada correcta, no sea que termine matando a su abuela.

Artículo original en catalán – El Periòdic d’Andorra (24 de julio de 2020).

* Las ilustraciones son de Quentin Blake para La maravillosa medicina de Jorge, de Roald Dahl.

El mito Brontë

La familia Brontë es uno de los enigmas más atrayentes y tenebrosos de la literatura universal. ¿Cómo tres hermanas de una familia humilde que viven en un ambiente rural, aislado y yermo acumulan tanto talento literario como para crear, como mínimo y en muy pocos años, tres clásicos fundamentales de la literatura? ¿Cómo lo hicieron? ¿Qué les daban de comer?

Contra todos los pronósticos, el superdotado Patrick Brontë, de origen humilde e irlandés, logró ingresar en una prestigiosa universidad y estudiar teología e historia. Patrick accedió a la honorable posición de vicario perpetuo y se instaló con la joven Maria Branwell, con quien se acababa de casar, en la casa parroquial de Haworth. Patrick era un hombre con mucho carácter, conservador, inflexible, excéntrico, hipocondríaco, admirador del Duque de Wellington y, no menos importante, de un apetito y potencia sexual remarcables. Nunca se iba a dormir sin sus dos pistolas en la mano.

Patrick Brontë.

Después de dar a luz a seis hijos (Maria, Elizabeth, Branwell, Charlotte, Emily y Anne), Maria murió a los treinta y ocho años de edad. La muerte de la dulce Maria parece ser el preludio de la leyenda negra de la familia Brontë. Aunque Patrick buscó una segunda mujer e hizo más de una proposición de matrimonio, ninguno prosperó y se quedó viudo de por vida. Decidió enviar a sus hijas (menos a Anne, la más pequeña) a la escuela para hijas de clérigos de Cowan Bridge sin saber el infierno al que las estaba enviando. El maltrato constante por parte de los profesores y las pésimas condiciones en que vivían los alumnos de aquella escuela eran tan extremas que provocaron la muerte de las dos hijas mayores, Maria y Elizabeth. Charlotte y Emily (que entonces tenían ocho y seis años respectivamente) se quedarían con secuelas físicas y emocionales de su paso por Cowan Bridge para toda la vida.

Lo cierto es que Patrick siempre depositó todas sus esperanzas en su único hijo, el favorito, el atractivo Branwell. Desgraciadamente él tampoco eludió la maldición de la familia. Aun poseyendo una imaginación desbordante a la hora de escribir y un gran talento pintando, su adicción al alcohol y al láudano, sus aventuras con mujeres, las deudas y los fracasos constantes en su carrera lo hundieron y se murió con treinta años de tuberculosis. El único retrato que conservamos de las hermanas Brontë es el que hizo Branwell, en el que se borró a sí mismo de la pintura. En este gesto desesperado siempre he visto su tormento, su suplicio insondable.

Branwell se borró a él mismo del retrato que pintó con sus hermanas.

Pero para responder a la pregunta que planteo al principio de la entrada es necesario que nos centremos en las tres hermanas supervivientes, que trabajaban de institutrices, escribiendo escondidas tras sus respectivos seudónimos masculinos (Carrer, Ellis y Acton Bell). La grande, Charlotte, fue la que vivió más tiempo, aunque no llegó a cumplir los cuarenta años. Su obra maestra fue Jane Eyre, que está llena de hechos autobiográficos: Jane Eyre pasa por una escuela en pésimas condiciones donde pierde su mejor amiga de la misma manera que Charlotte perdió en Cowan Bridge a sus dos hermanas mayores. Jane trabaja de institutriz, al igual que la Charlotte, y Rochester, el héroe tan bondadoso y honrado como áspero y arisco, nos puede recordar fácilmente a la personalidad excéntrica de Patrick. El padre de las hermanas se nos repite en la figura de Heathcliff en la famosa obra de Emily, Cumbres borrascosas. En su soledad, las hermanas Brontë encontraban inspiración en todo lo que observaban a su alrededor.

La diferencia la encontramos en la pequeña y menos conocida de las hermanas: Anne Brontë. En Agnes Grey, su primera obra, nos volvemos a encontrar con el oficio de institutriz. Lo interesante llega con su segunda y última obra: La inquilina de Wildfell Hall. Poco después de que la sensible Anne consiguiera trabajo de institutriz en una familia, la misma decidió contratar a su hermano Branwell como profesor de música y allí se enamoró de la esposa de su patrón. Arthur, la figura masculina de la segunda novela de Anne, no está inspirada en su padre, sino en su hermano. Arthur es un hombre vicioso, alcohólico, egoísta y tóxico. Un hombre dominado por sus bajas pasiones.

La inquilina de Wildfell Hall fue un libro tan exitoso como polémico por los temas que trataba. Cuando Anne murió, Charlotte impidió su reedición aduciendo que el carácter de su hermana era muy influenciable y el rumbo de la historia estaba mal planteado. Los efectos de esta decisión de la Charlotte llegan a nuestros días: Cumbres borrascosas y Jane Eyre son considerados clásicos, mientras que La inquilina de Wildfell Hall es siempre la gran olvidada. Anne es “la otra” hermana Brontë. ¿Por qué hizo eso Charlotte? ¿Para proteger el nombre de Anne por los temas polémicos que trataba en plena época victoriana? ¿Para defender la reputación de su hermano Branwell? ¿O el motivo se reduce a mera envidia? No hay consenso entre los biógrafos y el mito Brontë sigue nebuloso, indiferente a la fascinación y la curiosidad de los lectores cautivados por las historias de las tres hermanas más famosas de la literatura universal.

Patrick Brontë vio morir a su mujer y a sus seis hijos. Antes de reencontrarse con ellos encargó una biografía de su hija Charlotte a Elizabeth Gaskell. Después de tanta muerte debía percibir la inminencia de un nacimiento. El nacimiento de un mito.

Artículo original en catalán – El Periòdic d’Andorra (10 de julio de 2020).

La magia de Carlos Ruiz Zafón

El pasado 19 de junio se difundía la noticia de la muerte del novelista Carlos Ruiz Zafón, quizás el más internacional de los escritores españoles. El golpe a tantos lectores de todo el mundo que habían volado con sus historias fue aún más duro por imprevisto; Zafón sólo tenía cincuenta y cinco años cuando un cáncer de colon se lo ha llevado. Desde su vida discreta en la remota California podía presumir de ser el escritor español más leído, sólo por detrás del autor de Don Quijote. Pero la importancia de Carlos Ruiz Zafón no se puede reducir a un baile de cifras astronómicas de ventas; como J.K. Rowling, su gran activo radica en la cantidad de jóvenes que enganchó para siempre a la fascinante aventura que es la lectura.

Mi caso personal puede ser útil a la hora de ilustrar esta afirmación. Después de una niñez entre montones de libros, en la alborotadora adolescencia me alejé de las estanterías y, aburrido de las lecciones que me daban todas las lecturas, me lancé a escribir textos pretendidamente profundos y descarnados que ahora, cuando los leo, me provocan una curiosa mezcla de vergüenza y autocompasión. Como un Holden Caulfield desorientado, lo único que sabía era que ya no podía -ni quería- encajar en el mundo de la literatura infantil y buscaba mi propio camino por las avenidas nocturnas de una ciudad de hielo. El destino o la casualidad me trajo La sombra del viento cuando más perdido me encontraba en mi propio laberinto. Esta novela tiene no pocas virtudes: mantiene un ritmo trepidante de la primera a la última página, dibujando en la Barcelona gris y melancólica de la posguerra múltiples rincones mágicos y personajes llenos de luz que tiñen de color las fotos en blanco y negro que tienen de cubierta y dotan de movimiento y vida las estatuas tristes que en ellas fueron retratadas. Pero uno de los elementos que para mí fue más importante de esta lectura fundamental fue que la fuente de toda la magia era una biblioteca (el Cementerio de los Libros Olvidados) y la fuente de todo el misterio era un libro (el que da título a la novela). Y, por si esto fuera poco, ¡la historia no me pretendía aleccionar!

Nunca olvidaré el momento en que Daniel Sempere, bajo la cúpula monumental de la biblioteca secreta, encuentra el libro que elegirá y adoptará. Y no lo olvidaré nunca porque la emoción que siente el protagonista es la misma que siento yo cada vez que elijo mi próxima lectura. Es como si las letras doradas del lomo de La sombra del viento hubieran atraído intencionadamente al Daniel, como si fuera el libro quien elige el lector, y no al revés, del mismo modo que, en palabras del Ollivander, es la varita quien elige el mago y no el mago quien elige la varita.

Zafón supo canalizar esa pasión que compartimos todos los letraheridos en una novela de aventuras, accesible al lector que exige acción y diálogo en cada página. Era un maestro inigualable a la hora de crear lugares fantásticos, personajes entrañables y tramas adictivas. Sabía integrar en sus historias elementos de gran fuerza narrativa (la niebla, el faro, el tren, la biblioteca …) y conjugarlos con personajes inolvidables (Fermín Romero de Torres, Julián Carax, Marina …). Zafón inició a muchos jóvenes (y no tan jóvenes) en la lectura, pero me atrevería a afirmar que fueron muchos más los que “reenganchó”, haciendo de puente de un río entre la literatura infantil y la juvenil en el que tantos lectores se pierden para siempre.

Hace unos años, cuando Carlos Ruiz Zafón puso fin a su famosa tetralogía con El laberinto de los espíritus, decidí releer La sombra del viento y encontré fisuras, grietas, sombras, movimientos fuera de juego que no había percibido durante mi primera lectura voraz. Y fue entonces cuando entendí que me había equivocado volviéndola a leer, que era imposible revivir la magia porque ya no era el mismo lector que se había quedado hasta horas intempestivas de la madrugada siguiendo las huellas escurridizas de Julian Carax por las calles brumosas de la ciudad condal. Por eso, el mejor tributo que le sé rendir a Carlos Ruiz Zafón es abstenerme de releer sus libros. A veces, cuando has disfrutado tanto de un autor en el pasado, lo mejor que puedes hacer es no matar la magia con tus incrédulos ojos adultos, preservar el recuerdo que guardas de aquellas noches eternas leyendo sus historias y transmitirlas a los jóvenes lectores en el momento adecuado como una de esas reliquias familiares que pasan de generación en generación en la carrera de relevos que es la vida.

Descansa en paz, Carlos, y gracias por hechizarnos con tu magia cuando más la necesitábamos.

Artículo original en catalán – El Periòdic d’Andorra (26 de junio de 2020).

Literatura inmunitaria

Ahora mismo me encuentro en la terraza cubierta de un Starbucks y me apetece escribir. Un niño acaba de pasar en bicicleta y una pareja de ancianos observan el escaparate de una tienda de ropa de Inditex de la que sale una música moderna que parece haber sido compuesta para ser la banda sonora del consumismo. Todo vuelve a la normalidad. No sé si a la llamada “nueva normalidad”, o a la vieja, no sé si peor o mejor, pero al fin y al cabo más normal que las calles vacías y los aplausos de las ocho, más normal que observar el apogeo de la primavera desde la ventana abierta.

Han pasado tres meses desde los últimos días de cotidianidad, antes de que un virus irrumpiera en mi marzo asiático (una de estas ironías sin las cuales la vida sería más gris de lo que ya es), alterando completamente mi rutina. Aunque mi estado emocional durante este periodo de tiempo podría ser la montaña rusa más extrema de un parque temático Six Flags, creo que lo he llevado relativamente bien. En general. Supongo. Superando los primeros temores que hacían cola e, impacientes, llamaban a la puerta de mis planes de estrenar el primer libro de la editorial a finales de este año, organicé una iniciativa a la que muchos booktubers decidieron unirse para recomendar lecturas para este confinamiento. Y es que, sobretodo durante los primeros días de permanecer encerrados, muchas personas sufrían claustrofobia. En tales circunstancias no hay mejor remedio que viajar a través de la imaginación con la ayuda de una buena lectura. Y, si no me creéis, preguntádselo a cualquiera de los macondianos que viajaron a Wildfell Hall en pleno confinamiento.

He leído mucho y muy variado a lo largo de este confinamiento, pero ahora me gustaría centrarme en tres lecturas que me ayudaron a comprender lo que estaba ocurriendo. Algunas me puse a leerlas expresamente, juzgando que no existiría ocasión más idónea que una pandemia mundial para enfrentarme a ellas. La casualidad o el destino me dirigió hacia otras. Estas han sido mis tres lecturas inmunitarias a no solo al virus, también a la estupidez, al egoísmo, al ruido que hemos sufrido estos días:

Walden, de Henry David Thoreau

Ya estaba leyendo este libro antes de que se ordenara el confinamiento gracias a la última lectura ilustrada de Barbusse, pero ni el organizador ni ninguno de los participantes habríamos alcanzado a adivinar lo adecuada que llegaría a ser para los tiempos que se cernían sobre nosotros. En este libro, el filósofo (y, no menos importante, fabricante de lápices) Henry David Thoreau nos explica el experimento que llevó a cabo en 1845 cuando decidió abandonar su casa familiar en Concord e instalarse en una cabaña construida por él mismo a la orilla de la laguna Walden, rodeado de naturaleza. Con esta excusa, Thoreau lleva a cabo una defensa apasionada del valor de la naturaleza y la vida simple, así como una crítica mordaz al sinsentido de la civilización y el consumismo. Me acompañaban en esta lectura los esquivos vencejos y alguna que otra alondra que, aprovechando la quietud de la ciudad, cantaban su conquista en los balcones.

He oído a más de una persona identificar en el coronavirus la venganza de la naturaleza a tanta contaminación. Quizás esta pandemia nos ha ayudado a despertar del sueño (o más bien pesadilla) de lo que llamamos mundo civilizado, un veneno del que libros como Walden son el más eficaz de los antídotos. Mientras lo leía, me moría de ganas de ir a mi Walden, el lago de Engolasters, hacia el que me dirigí tan pronto como se levantaron las restricciones de movilidad para grabar la reseña de esta lectura inolvidable.

Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago

Esta fue la recomendación de Lola Habla Sola para el confinamiento, una novela que tenía pendiente desde que tengo memoria. Un desafío de lecturas cruzadas fue la ocasión propicia para abordarlo de una vez por todas. Leerlo en plena pandemia ha sido un lujo inigualable, pues esta novela de Saramago narra precisamente la propagación descontrolada de una ceguera blanca que se transmite por vías desconocidas por la ciencia. Al final la ceguera no es más que una excusa para desenmascarar a la civilización y vernos como lo que realmente somos: animales egoístas y desesperados por sobrevivir.

Los paralelismos con la situación que estaba viviendo, con un virus como el Covid-19, de una mortalidad tan reducida, eran constantes y de una exactitud tal que en mi cabeza he consagrado a Saramago como un visionario. A parte de como un gran narrador, claro está, pues los recursos narrativos de que se sirve en Ensayo sobre la ceguera (como el de prescindir de nombres propios, haciendo que sus personajes sean representantes de toda la humanidad, y no personas individuales) son admirables. En este directo hablamos largo y tendido con Lola Habla Sola sobre nuestras impresiones de esta obra imprescindible por los tiempos que nos ha tocado vivir.

La muerte y la primavera, de Mercè Rodoreda

Admito que fue el título de esta obra (que también tenía pendiente desde hacía mucho tiempo) lo que hizo que me acercara a ella. Y es que el contraste, o incluso contradicción, que en él tiene lugar era el mismo que sentía yo cuando veía en el telenoticias los datos de los fallecidos por el coronavirus y, a la vez, contemplaba por la ventana los almendros florecidos, más rosados que nunca en esta primavera atípica que ahora ya termina.

Este contraste (o, insisto, contradicción) es el que asimismo encontré en la obra póstuma e inacabada de Rodoreda. Una distopía profundamente lírica y poética en la que una naturaleza exuberante hace de contrapunto de un pueblo que reprime el deseo con sufrimiento y miedo. La primavera viva y las glicinas violetas, tan presentes en toda la narración, chocan con los rostros deformes y, en definitiva, la extraña y opresiva pesadilla que contienen las páginas de este libro. La eclosión de policías de balcón y sheriffs de escalera que se autoproclamaban guardianes supremos de las normas extraordinarias para impedir la propagación del coronavirus me hacían evidente que no es tan lejano al nuestro el terrible mundo que estaba leyendo con los pelos de punta.

*

Y, con estas lecturas inmunitarias, me despido de, como mínimo, este primer brote. Gracias a ellas he sabido leer mejor la situación que hemos vivido y he aprendido lecciones que me han llevado a crecer. Me quedan pendientes muchas más lecturas inmunitarias de escritores como Camus o Deville que, sin duda, leeré en los próximos meses.

Mientras escribía se ha puesto a llover, se me ha enfriado el café e incluso yo siento ya algo de frío. Me pongo la mascarilla, despliego el paraguas y vuelvo a casa como un buen ciudadano enmascarado más.

Black History Month 2020

Hoy, viendo en las noticias la represión policial que están recibiendo las protestas multitudinarias que, bajo el lema de Black Lives Matter, responden al asesinato de George Floyd, he decidido desenterrar una iniciativa que no impulsaba desde el año 2018.

El Black History Month es una celebración anual que dura un mes (octubre en Reino Unido, febrero en los Estados Unidos) en el que se organizan eventos y desde diferentes sectores se rinde homenaje a la historia de la comunidad negra, que desgraciadamente aún hoy sufre el racismo, institucional o cotidiano, que impera en la sociedad.

La iniciativa literaria Black History Month tendrá lugar a lo largo del mes de julio. Si quieres participar no tienes que inscribirte en ningún registro, tan solo debes leer exclusivamente libros de autores negros a lo largo del mes de julio y, dentro de tus posibilidades (sea en un blog escrito, en un canal de YouTube, en un perfil de Instagram, en Twitter, en Goodreads o en el patio de tu vecindario) difundir tu opinión sobre las obras que te han gustado con el fin de darles visibilidad. La elección de los libros que vas a leer es completamente tuya, así como el tipo de lecturas (novela, cuentos, ensayo, memorias, poesía, etc.).

En las circunstancias actuales me gusta ver en el Black History Month, no solo una iniciativa lectora para ampliar nuestros horizontes explorando la literatura de una minoría cultural en el panorama editorial, sino también un acto de protesta activa de los lectores, un mensaje de apoyo y una disposición clara de escuchar y comprender a todas estas voces tantas veces silenciadas.

El hashtag que deberéis incluir en cualquier comentario o contenido para que todos los que participamos en esta iniciativa lo podamos ver será #BlackHistoryJuly.

¡Nos vemos en julio!

Trotalibros

Dedicatoria de Beloved, de Toni Morrison, a las más de 60 millones de víctimas del comercio atlántico de esclavos negros.