Una niña crece en Brooklyn

416uCKrKeLL (1)¿Quién desea morir? Todo ser se esfuerza por subsistir. Miren ese árbol: crece a través de las rejas, no recibe sol y sólo tiene agua cuando llueve. Brota en tierra áspera y es fuerte porque su persistente lucha lo fortalece. Así serán mis hijos.

La cuarta lectura conjunta de Macondo Club Literario fue un clásico de las letras estadounidenses: Un árbol crece en Brooklyn, de Betty Smith. Con un peso autobiográfico notable, esta novela narra la infancia y adolescencia de Francie Nolan. Ni la extrema pobreza de su familia, ni el machismo generalizado, ni el alcoholismo de su padre consigue apagar su luz, esa esperanza que es la literatura y en la que Francie encuentra el refugio perfecto.

La venganza se sirve fría

61WIpl2YpoL-Ahora -murmuró el desconocido-, adiós, bondad, humanidad y gratitud…, adiós, todos los sentimientos que ennoblecen el alma. He querido ocupar el puesto de la Providencia para recompensar a los buenos…, ahora cédame el suyo el Dios de las venganzas para castigar a los malvados.

Al fin he leído este clásico de las novelas de aventuras que es El conde de Montecristo, de Alexandre Dumas y Auguste Maquet, y que llevaba tanto tiempo en mi lista de pendientes imperdonables. Y no lo he hecho solo, sino que lo he leído junto a Adol, Laura, Ana y Marisa en un grupo de Telegram llamado “Los sencillos de Montecristo“. A lo largo de sus 1.300 páginas nos hemos emocionado, reído y, sobretodo, deleitado con una de las venganzas más célebres de la literatura universal.

 

Invicta miseria

81+s0p3yX4LRepasando mis lecturas de este año he descubierto que aún no había reseñado la segunda novela que leí del escritor británico Thomas Hardy. Aprovechando que mi cámara se ha suicidado (no la culpo) y, por lo tanto, no puedo grabar vídeos para el canal, he decidido reseñar por escrito la quinta lectura conjunta del grupo de Librohólicos anónimos, El alcalde de Casterbridge.

Después de leer su obra maestra, Lejos del mundanal ruido, tenía muchas esperanzas puestas en esta obra, que el autor publicó en el ecuador de su carrera literaria (1886). Os mentiría si os dijera que la sinopsis no me llamaba la atención: en una taberna inglesa un infame borracho llamado Michael Henchard vende por cinco guineas a su mujer y a su hija. Al día siguiente, en plena resaca, se da cuenta de lo que ha hecho y, lleno de remordimientos, las busca sin éxito. La vergüenza le lleva a jurar ante Dios que nunca más volverá a beber. Con este punto de partida, Hardy hace un salto temporal y, dieciocho años más tarde, nos presenta a un protagonista que poco parece tener que ver con ese borracho cuya bajeza nos ha escalofriado. Efectivamente, el alcalde del pequeño pueblo agrícola de Casterbridge es una autoridad respetada, un hombre rico que lleva sus negocios con tanta solvencia como honorabilidad. Sin embargo, aquel borracho y este alcalde son la misma persona y el regreso de la mujer y la hija que tiempo atrás vendió por cinco tristes guineas tendrá consecuencias imprevisibles.

No me digáis que ahora mismo no tenéis ganas de leer esta novela porque no os creeré. ¿Habrá cambiado realmente el alcalde de Casterbridge o sigue habiendo el mismo mezquino tras sus prendas caras y sus títulos honoríficos? ¿Con qué intenciones vuelven su mujer y su hija? ¿Estará dispuesto a arriesgar todo lo que ha construido en dieciocho años? ¿La gente puede cambiar? Aunque Hardy no desprovee de la complejidad que le es propia a esta cuestión, su conclusión es diáfana: no, la gente no cambia. Quien no tiene honor, por mucho que lo intente y por mucho que luche contra sus instintos, nunca lo tendrá cuando la tormenta arrecie y le obligue a tomar decisiones. La cabeza, por mucho que se esfuerce en elaborar esquemas morales y éticos y manuales de estilo tanto de forma como de fondo para construir un alter ego virtuoso, nunca alcanza el alma cuyos invictos vicios -el egoísmo, la miseria, la ira, la mezquindad, la envidia…- se despiertan cuando los vientos les son favorables. Puedo llegar a compartir esta premisa. Creo que, por poner un ejemplo, una persona egoísta, aunque desarrolle técnicas para disimular o incluso aplacar este vicio, nunca se deshará de él.

…y hasta aquí lo que me ha gustado de la novela. Y es que el principal problema de El alcalde de Casterbridge es que, en vez de complementar esta interesantísima reflexión sobre la psique humana con una historia bien elaborada, con un ritmo, una tensión y unos personajes complejos y coherentes (véase parfavar Lejos del mundanal ruido), aquí construye una sourceespecie de telenovela latina “a la inglesa” cuyos ridículos giros argumentales agotan y confunden al pobre lector. Si uno lo para a pensar, lo de que todo gire alrededor de un rico alcalde rural y lo del regreso inesperado de una mujer y una hija desparecidas casa muy bien con series como Pasión de gavilanes o Rebelde. El último ingrediente es el viril y apuesto semental, aquí encarnado en un highlander que, sinceramente, deja mucho que desear. Y es que incluso si fuera una telenovela la abandonaría por mala, tales son las incoherencias en la forma de actuar de los personajes, tal es la inconstancia e irregularidad en la narración, tal el surrealismo desconcertante en algunos momentos (ahora en serio, ¿alguien que lo haya leído me explica el momento del toro?). ¡Y estamos hablando de Hardy, maldita sea! ¡HAR-DY! Terminar este libro, ¡esto sí que ha sido hardy para mí!

¿Con qué me voy de Casterbridge? Pues con una buena decepción, con la acertada reflexión que subyace a todo el drama sobreactuado y con las risas que nos hemos echado en la lectura conjunta (y no creo que fuera esta la intención del autor). Mejor leed Lejos del mundanal ruido y, si buscáis una telenovela con drama y salseo, ved Jane The Virgin.

La luz del faro

«Y así termina», dijo, y vio cómo en los ojos de él se apagaba el interés por el cuento, desplazado por algo diferente; una interrogación, algo pálido, como el reflejo de una luz, algo que le hacía mirar con atención y le hacía admirarse. Se volvió, y vio, al otro lado de la bahía, imperturbable, sobre las olas, primero los dos destellos, después el haz de luz más intenso y prolongado, la luz del faro. Ya lo habían encendido.

Virginia Woolf, Al faro (1927)

¿En qué insondable rincón del tiempo y el espacio se halla el nacimiento de un libro? ¿Debemos buscarlo en el momento en que el autor mancha con tinta oscura la inmaculada virginidad de una página en blanco? ¿O cuando las musas, escondiéndose en una casualidad aparentemente delicada, le insuflan la idea, la inspiración que será la esencia y el alma del libro? ¿O, aplicando análogamente lo que las leyes civiles prevén para con las personas, lo encontraremos en el ineludible momento en que manuscrito y autor se separan? ¿Será cuando sale de imprenta? ¿O cuando el lector lo lee y hace suya la historia? Quizás deberíamos indagar mucho más atrás, en los recuerdos más remotos del autor; en su primer amor o desengaño, en un detalle que inexplicablemente ha permanecido anclado en su memoria, en una noticia que le sorprendió, en una pérdida, en una despedida, en los gestos de sus padres inocentemente observados… Tal vez el nacimiento de un libro se componga de muchos pequeños nacimientos sucesivos; algunos tan imperceptibles como el aleteo de una mariposa y otros tan solemnes como la coronación de un rey omnipotente.

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Primera cabecera del blog, por Henar Bengale.

De esta misma forma, creo yo, ha ido naciendo Trotalibros. ¿Fue la noche en que, bajo la luz del faro de Sant Sebastià, empecé a leer aquella novela de César Mallorquí que había de ver nacer mi pasión por la literatura? ¿O el punto de partida fue el 6 de julio de 2012, el caluroso día en que creé el blog? ¿Quizás debemos buscarlo en su precedente, ese blog de escritos en que volcaba mis viscerales pasiones adolescentes? ¿O en el primer lector que leyó una de mis reseñas? ¿Quizás nació en alguna conversación, en el descubrimiento de un escritor en particular? ¿O emanó de las puertas del despacho de abogados donde trabajaba cerrándose tras de mí cuando decidí emprender el camino de la edición? ¿Quizás está naciendo en este preciso instante? ¿Y si aún está por nacer?

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Última cabecera del blog, por Jordi Vila Delclòs.

No sé cuándo empezó a nacer Trotalibros, lo que sí sé es que sigue naciendo. La misión es la misma: difundir buena literatura. Incluso la vía es la misma: espero seguir reseñando los libros que voy leyendo durante muchos, muchos años. Sin embargo, Trotalibros quiere ser algo más y, para afrontar esta nueva etapa, necesita un vestuario acorde.

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Faro de Favàritx, Menorca.

Los faros siempre me han gustado. Como buen andorrano siento un amor platónico por el mar. Los faros desprenden un halo irresistible de misterio, libertad y literatura. En Menorca, contemplando el faro de Favàritx, decidí que el sello de Trotalibros tenía que ser un faro. Fue un impulso, como el que me hizo elegir Las lágrimas de Shiva o el que me llevó a crear un blog de literatura. Y efectivamente, este nuevo nacimiento -visual, si queréis- está inspirado en este faro balear. Mi mejor amigo, Arnau Urgell -creador de la intro del canal-, es el autor, el culpable de esta nueva cara que ha de acompañar una nueva etapa de Trotalibros: la edición.

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Así que ya tenemos el faro preparado. Ahora sólo falta encenderlo.

Como la gente normal

 

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“I don’t know what’s wrong with me, says Marianne. I don’t know why I can’t be like normal people.”

El 3 de octubre Literatura Random House (CAST) y Edicions del Periscopi (CAT) publican Gente normal, la segunda novela del fenómeno literario Sally Rooney. En este vídeo os cuento qué me ha parecido este libro que ha arrasado en Reino Unido, siendo finalista del Man Booker Prize y ganando el Costa Book Award. ¿Será una decepción o será merecedora de todos los elogios que ha recibido?

  • Leer escuchando: Gent normal, de Manel.
  • Perfecta para: quien busca una historia de amor entretenida, pero también para quien busca una relación compleja y el retrato de una generación.
  • Me ha recordado a: Siempre el mismo día, de David Nicholls.

 

La soledad de la familia Buendía

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“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.”

Por fin me he atrevido a reseñar el libro más importante del Nobel colombiano Gabriel García Márquez. Cien años de soledad es además mi novela favorita.

¡Espero que os guste la reseña!

 

Souvenirs familiares

9788417115999_CORAZON QUE RIE_CONDE_RGB_900Es cuanto menos osado empezar a publicar a un escritor por su autobiografía. Poco o nada podemos encontrar de la escritora guadalupeña Maryse Condé en castellano, aun cuando se le ha otorgado el autoproclamado Premio Nobel Alternativo de Literatura (en sustitución del principal, suspendido por varias polémicas que vienen a demostrar que no es oro todo lo que es nórdico). Con un caramelo tan dulce como la palabra “Nobel” en la faja, lo raro habría sido que ningún editor hubiera corrido a traducir a esta autora que empezó a escribir en una edad tardía. Pero en vez de publicar su obra más aclamada (Segu), Impedimenta va y publica sus memorias de infancia, Corazón que ríe, corazón que llora. Parece como si la editorial, adoptando las maneras ceremoniosas de un convite formal, quisiera presentarnos a Condé antes de introducirnos a su literatura.

A través de esta lectura amena y fluida visitamos a cuentagotas diferentes recuerdos de la infancia de la menor de ocho hijos de una familia criolla de Guadalupe. Cuando Maryse nació sus padres ya eran mayores y sus hermanos ya eran adultos, así que creció en soledad en el seno de una gran família. Avispada y observadora, no tarda en detectar la incoherencia en la forma de proceder de sus padres, que sentían devoción por Francia, y esta patria idealizada, a su vez, no les correspondía debido al color de su piel. Con los primeros actos racistas que sufre, ella misma va tomando consciencia de su condición.

Condé discurre por el prólogo luminoso de su vida, cuyo futuro se intuye lleno de sufrimiento y oscuridad. De entre sus numerosos hermanos desdibujados destaca Sandrino, el más cercano en edad, cuyo carácter hipnótico no tarda en atrapar al lector. Sandrino es quien le dedica más tiempo a la pequeña Maryse y pronto se erige como su héroe personal; quien la guía y la lleva a plantearse las cosas que se plantea en cada momento.

Es una verdad universalmente conocida que el mayor riesgo de una autobiografía es la de aburrir al lector con datos y anécdotas que el autor, engañado por su propia subjetividad, cree relevantes y/o fascinantes. Maryse Condé parece haberse propuesto eludir esta trampa, quizás pecando de excesiva prudencia. Y es que estas memorias avanzan con una sencillez y una naturalidad tal, que uno se queda con la sensación de que se pasa superficialmente por personajes con evidente potencial (como la madre de la protagonista o su hermano Sandrino).

Se trata de un libro breve, poco más de ciento cincuenta páginas que, a través de cortos capítulos, se leen en una tarde. Se disfruta, pero también deja con ganas de más. Luego, a medida que pasan los días y recuerdas alguna escena, alguna reflexión o, en mi caso, a Sandrino, llegas a la conclusión de que quizás así es mejor, que quizás esos recuerdos esbozados son suficientes porque dejan ver mucho entre líneas. “Es una gramática construida por la imaginación“, tal y como asegura un personaje en mi lectura actual (la también amena novela de Alfonso Cruz, Los libros que devoraron a mi padre). Y, a fin de cuentas, ¿qué son los recuerdos si no esbozos que mezclan vivencias simplificadas y lagunas rellenas de imaginación?

Sin decepcionarme ni aburrirme pero asimismo sin desgarrarme ni fascinarme, guardo un buen recuerdo de estas memorias, que me han dejado con ganas de leer, ahora sí, alguna novela de Maryse Condé. Sólo falta que Impedimenta haga los deberes correspondientes.